Desearíamos haber dicho que le dolía el corazón. Pero, no. Simplemente lo tenía roto. Nadie podía decir cuándo se produjo exactamente la rotura.

Exactamente…”, un adverbio complejo. ¿Es que podemos decir que las cosas suceden de forma repentina, en un preciso momento y como consecuencia directa de solo un factor? Su cardiólogo le había dicho que “podría tratarse de un factor hereditario, que podría haberse visto agravado por el estrés”. Así es. Cuando el “exactamente” no tiene una fácil respuesta, es mejor responder con condicionales.

Pero a él esta explicación le había resultado extraña. Nunca había oído de antecedentes de cardiopatía en la familia.

Normal. Nunca nadie en la familia había mencionado que su bisabuelo, antes de trasladarse a Barcelona y emprender con éxito su negocio en la industria textil, había asesinado al hijo del propietario de la mina de la que acabó siendo Gerente. Una historia que se perdió en la oscuridad del fondo de la mina en la que se produjo aquella muerte, de modo que ¿cómo iba nadie a hablar de ella? Fue su secreto durante toda su vida…

Un momento, ¿que relación tiene la historia de su bisabuelo con las severas arritmias que sufría? La respuesta no es evidente, como tampoco lo es todo aquello que conseguimos desenterrar del desorden sistémico. “Factores hereditarios” que dirían algunos.

Sigamos. Su bisabuelo hubiera estado orgulloso de él. Había estudiado dirección y administración de empresas, para ser un hombre de provecho. Y había transitado con paso firme por la recta vía, esa que traza una línea gruesa hacia el éxito, y que separa también de forma inequívoca a aquellos que disfrutan los placeres del deber, de los que no hacen más que acatar el deber sin placeres. Es por ello que trabajaba incansablemente y con la astucia de los que saben en qué bando hay que estar para no descarrilar de la vía. Tenía una cabeza muy bien amueblada.

Por cierto, también se había casado. Es una información que podríamos obviar si nos limitáramos a pensar en que era algo secundario en su vida.  De hecho, bien pensado, podría dar lugar a que el lector se despiste o empiece a especular sobre intenciones asociadas a reivindicaciones de género, cuando, en realidad, él “no tenía nada en contra de las mujeres”… Bueno, no es del todo cierto. En ocasiones le resultaban molestas, especialmente por “esa tendencia a reclamar atención”, “o a estar más pendientes de sensiblerías que de las cosas importantes”,  o a “entrometerse con temas secundarios en los momentos más inoportunos”.

No nos despistemos, pues. El hecho de que se hubiera casado, sí que es una información de interés. Porque, aunque pudiera parecer un contrasentido, formaba parte de los síntomas de su rotura. Cuando el corazón no funciona, las cosas se hacen de forma mecánica y calculada.

Lo de casarse lo consideraba lo más normal del mundo. Bueno, de hecho, no lo llegó a considerar nunca, porque jamás se había planteado que cuando se hace algo, pueden intervenir elementos que van más allá de la razón o del interés. En las clases de marketing se lo habían repetido hasta la saciedad: la base del comportamiento humano está en la satisfacción de un interés y el interés sólo puede ser económico.

Así que cuando se casó ¿estaba enamorado o sentía pasión por la mujer con la que conviviría? ¿Qué importaba eso? Cuando las cosas se tienen que hacer, se hacen. “Y un profesional de éxito siempre es mejor que se haya casado al menos una vez“.

Es por ello que era especialista en procesos de restructuración y durante décadas, uno de los punzantes vértices del triángulo de poder con dirección general y dirección económico-financiera. Tiene que haber alguien que se encargue de eficientar estructuras organizativas, reducir gastos de personal y despedir ¿no? Ahí había encontrado su nicho profesional.

Como en otras tantas ocasiones, hoy tocaba “ejecutar”. La directriz era clara:  había que reducir “gastos de personal”. Evidentemente él no iba a cuestionar la decisión. Su filosofía en este sentido era fácil y práctica: diplomacia directiva. Calla, muestra tu destreza con los cálculos de los ahorros, no marees a dirección general con excesivas explicaciones y disquisiciones, y da seguridad a la dirección de finanzas. Punto.

Del tema de las cartas “ya se encargaban los abogados”.

Ahora tenía, precisamente, una de las cartas en la mano. Para el Director de Operaciones. No llevaba mucho tiempo en la empresa y como su salario era alto, la magia de los números hacía que su indemnización pudiera amortizarse en ese mismo ejercicio. “Un bingo”. Es cierto que era muy bueno y que en los 3 años que llevaba en la empresa había impulsado unos cuantos proyectos con éxito. “Pero, vaya, uno de sus managers trabaja bien, de manera que si suprimimos este <head-count>, aún contando en una subida de sueldo para que ese manager asuma la coordinación del equipo, la operación genera un importante ahorro”.

Lo había convocado a las 17:00h., justo antes de acabar la jornada. Era viernes.

-“Gracias por venir. Mira, como ya sabes, estamos inmersos en un proceso de ajuste de personal. Se trata de un ajuste que afecta a diferentes posiciones y niveles jerárquicos. Y lamento enormemente comunicarte que la empresa ha tomado la decisión de prescindir de tus servicios y rescindir tu contrato”.

Silencio.

-“Aquí tienes la carta. Es un formalismo legal, porque, en tu caso, vamos a abonarte la indemnización correspondiente al despido improcedente. Has hecho un gran trabajo. Verás que hemos adjuntado el texto del acuerdo transaccional, de manera que en el momento en que lo firmes, agilizaremos los trámites para el CMAC y así podrás cobrar rápido”.

Silencio.

-“Pero, ¿cómo?…A ver…Un momento. No entiendo nada…¿Qué lamentas profundamente el qué?

Respiración profunda. Justo el tiempo para salir del aturdimiento y centrar la atención en algo secundario, lo primero que le vino a la cabeza, un escudo formal, algo a lo que aferrarse para no desmontarse. De hecho, una pregunta del todo absurda, dadas las circunstancias. Pero, es que, en ocasiones, las palabras brotan sin más…En este caso, pegaron un salto elástico, y se precipitaron contra la mesa.

-“No sé mucho de leyes, ¿pero si es un despido objetivo por ajuste de personal, no deberíais abonarme parte de la indemnización ahora?”.

-“Bueno. El despido en tu caso no puede ser objetivo, porque no vamos a amortizar tu posición. Es un tema de costes simplemente. A efectos prácticos no tiene la menor importancia. Es lo que se acostumbra a hacer en todas las empresas. Como reconocemos la improcedencia, no te preocupes por la indemnización, porque vas a cobrar los 33 días”.

Ahora de la mesa, era la carta la que saltaba con violencia y se precipitaba contra él: “despido disciplinario…incumplimiento grave y culpable…indisciplina en el trabajo e incumplimiento de las directrices de la empresa…

Su voz se proyectaba hacia dentro: “esto no lo merezco…así no”. No pudo escuchar nada más. Su voz quedó al instante absolutamente anegada. Un torrente de llanto lo había colmado por dentro.

Era su corazón. No lo tenía roto. Tan solo le dolía en el alma.

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