Pensaba que aquella alegría estaba siempre amenazada. Porque él sabía lo que la multitud gozosa ignoraba y que se puede leer en los libros: que el bacilo de la peste nunca muere ni desaparece, que puede estar dormido durante decenas de años en los muebles y en la ropa, que espera pacientemente en las habitaciones, en las bodegas, en las maletas, en los pañuelos y en los papeles y que, quizás, llegará un día que para desgracia y lección de los hombres, la peste despertará sus ratas y las enviará a morir a una ciudad feliz”.

Dicen que la historia se repite. Y bien podría ser cierto. Leer “La Peste” de Camus tras este primer confinamiento planetario resulta inquietante. Es como leer una crónica periodística del proceso vivido en muchos países tras la eclosión del Coronavirus. Parece que desde el 10 de junio de 1947, fecha en la que se publicó la novela, no hemos cambiado mucho. Volvemos a cometer los mismos errores y a comportarnos exactamente de la misma manera. ¿Quizás porque repetimos los mismos patrones? ¿O quizás, también, porque leemos poca literatura?

Y es que Camus nos ofrece entre sus líneas valiosísimas burbujas para la reflexión y, por tanto, para poder ver por qué pasan ciertas cosas y qué es lo que se esconde tras algunos de estos patrones.

Prácticamente al inicio del texto, para ponernos en el contexto de la localidad de Orán, donde suceden los hechos, nos sacude con una observación sobre el “laborcentrismo” y su efecto sobre la cultura de la ciudad y sus habitantes: “Nuestros conciudadanos trabajan mucho, pero sólo para enriquecerse. Se interesan sobre todo por el comercio y se ocupan principalmente, según su expresión, de hacer negocios. Está claro que también disfrutan de placeres simples, y aman a las mujeres, el cine y los baños de mar. Pero, bien sensatamente, reservan estas satisfacciones para el sábado por la tarde y el domingo, y los otros días de las semana se esfuerzan por ganar mucho dinero /…/ Sin duda, nada es más natural, hoy, que ver como la gente trabaja de la mañana a la tarde y se decide enseguida a perder en el juego, en el café y en la tertulia el tiempo que le queda por vivir /…/ En Orán, como en cualquier otro sitio, por falta de tiempo y de reflexión, la gente se ve obligada a quererse sin saberlo”.

En palabras de Grant, uno de los personajes, “el resto de la historia era bien simple. Era el caso de todo el mundo: se casan, se aman un poco, trabajan. Trabajan tanto, que se olvidan de amar”.

Y en las del jesuita Paneloux: “Sí, ha llegado la hora de reflexionar. Habéis creído que era suficiente con visitar a Dios los domingos, para poder ser libres el resto de la semana. Habéis pensado que unas cuantas genuflexiones lo compensarían de sobras de vuestra negligencia criminal. Pero Dios no es tebio /…/Ahora sabéis, en fin, que es preciso venir a lo esencial”.

Por tanto, ¿Y si parásemos, aunque sea sólo un poco? ¿Y si nos diéramos “futuro” y no “instantes de presente” para reordenar? Para encontrar otro equilibrio entre el “agens” (producir) y el “communio” (cuidar). Para repensar conjuntamente cómo hacemos las cosas y explorar la manera de seguir haciéndolas, pero de manera diferente. O para, simplemente, poder ir al fondo de las cosas y comprender su sentido.

De este modo, uno de los diálogos de arranque entre Raymond Rambert, periodista que visitaba Orán para hacer un reportaje sobre las condiciones de vida de uno de los barrios de la ciudad, Jean Tarrou, rentista acomodado también de visita en la ciudad, y el Doctor Rieaux, justo en el momento en el que empezaban a aparecer un número inusual de ratas muertas en Orán, hubiera tenido un tono diferente. Quizás hubiera podido atravesar la epidermis de las expresiones que iban intercambiándose con mesura (“me interesa”, “sí, pero acaba siendo irritante”, “no habíamos visto nunca nada parecido”, “sí, es positivamente interesante”, o “sí, pero en último término, esto es sobre todo competencia del portero”). Y quizás sus miradas hubieran sido más atentas, y no se hubieran centrado en cada una de sus individualidades y lo que aquél fenómeno tan extraño les suscitaba sólo a ellos.

Al inicio de la novela, llama la atención que prácticamente todos los personajes piensan en primera persona del singular y todos ellos tienen su agenda propia. Algo que seguramente no nos resulta extraño en nuestro día a día.  ¿O acostumbramos a pensar siempre primero en “ellos” (los demás), antes que en “yo”?

Camus podría responder a esta pregunta con este pasaje “Y es que las ratas mueren en la calle y los hombres en sus habitaciones; y los periódicos no se ocupan sino de la calle. De todas formas, la prefectura y el ayuntamiento empezaron a consultarse. Mientras que cada médico no conocía más de dos o tres casos, nadie había pensado en moverse. Bastó, sin embargo, que a alguien se le ocurriera hacer una suma. La suma era consternadora”.

La suma nos obliga a pensar más allá de nosotros. O a pensar en nosotros, pero dentro de un sistema más grande, en el que nuestro “yo” se disipa, pero no desaparece. O entendemos rápido que esa “dilución” es la forma de integrarse como parte una entidad más grande, o corremos el riesgo de interpretar precipitadamente, que nuestra existencia queda amenazada. En este caso, es posible que nuestro “ego” salga al recreo a jugar y, con él, toda la corte de nuestros miedos conscientes o inconscientes, que son los que acostumbran a estar detrás de ciertos comportamientos (y sentimientos) negativos. Y pensando en que cada uno de nosotros somos los que estamos en lo cierto, en el fragor de ese juego descontrolado de “egos”, lo más probable es que algo se acabe rompiendo en alguno de los sistemas.

En palabras del Dr. Rieaux, narrador de la historia “la estupidez insiste siempre; nos daríamos cuenta si no pensáramos siempre en nosotros mismos. Nuestros conciudadanos, respecto de esta cuestión, eran como todo el mundo, pensaban en ellos mismos o, dicho de otra manera, eran unos humanistas: no creían en las plagas.  La plaga no está hecha a la medida del hombre y, por tanto, nos decimos que la plaga es irreal, que es una pesadilla que pasará. Pero no siempre pasa y, de pesadilla en pesadilla, son los hombres los que pasan y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado ninguna precaución. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros; se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todo era posible para ellos, cosa que suponía que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, proyectaban viajes y tenían opiniones. ¿Cómo habrían podido pensar en la peste, que suprime el futuro, los desplazamientos, y las discusiones? Se imaginaban que eran libres, y nadie será nunca libre en tanto que haya plagas”.

La virtud (en contraste con la estupidez) estaría entonces, en primer lugar, en la humildad y la generosidad.

Es decir, primero, “claudicamos”, nos llevamos a una “humillación consentida por la humildad”. Sólo así, dice Panelaux como ejemplo de pensamiento sistémico, “no se evita nada y, con todas las salidas cerradas, se va al fondo de la decisión esencial”.

En segundo lugar, no se toma si no se da. Y volvemos a trascender al individuo. El equilibrio entre el dar y el recibir no puede estar sujeto al juicio individual, que es parcial e incompleto por definición.

Quizás así, es más fácil abrir el camino de la verdad, entendida aquí como “lo que pasa o está pasando realmente” y, con ella, de la confianza. Desde los “egos” la verdad se queda sin espacio. Porque aquéllos que podrían decir la verdad prefieren ocultarla o disimularla por miedo a la crítica o, simplemente, para evitar que la hipotética reactividad de otros, demore en el tiempo sus decisiones. Y porque los destinatarios de esa verdad, aquéllos que han de gestionarla, tienen la responsabilidad (no siempre asumida) de saber acogerla con aceptación en todo su contexto, como paso previo para poder ponerla en cuestión y aportar otras alternativas y soluciones.

Camus lo resume así: “Se hacen muchas concesiones al deseo de no inquietar”.

A los que infravaloramos, pensando soberbiamente que no podrán “entender”. Y a los que sobrevaloramos y no queremos que se sientan aludidos, porque son diferentes “del resto” (como dice Camus irónicamente, “el sueño de los hombres es más sagrado que la vida para los apestados. Es preciso que la buena gente pueda dormir tranquila. Sería de mal gusto lo contrario, y el buen gusto consiste en no insistir en según qué cosas”).

De hecho, en la novela, una vez ya se confirma por las autoridades la existencia de una plaga y se decreta el confinamiento, el narrador explica que “Nadie había aceptado la enfermedad, realmente. La mayoría eran sensible, más que nada, a aquello que perturbaba sus rutinas o afectaba a sus intereses. Estaban molestos o irritados, y estos no son sentimientos que puedan servir para oponerse a la peste”.

Así, resulta que para combatir esa “estupidez”, son también necesarias la empatía, la simpatía y la compasión que, además, de permitir que entendamos a los otros, nos ayudarán a entendernos y a controlarnos a nosotros.

Hay que entender la inestabilidad emocional. La nuestra, por supuesto (forma parte de un deber inexcusable), pero la de los demás también. Para que nuestros juicios de valor puedan ser certeros y justos.

Tarrou lo resume con un gran ejemplo de inteligencia emocional: “La peste le ha ido bien. De un hombre solitario y que no quería serlo, ella ha hecho un cómplice. Porque, visiblemente es un cómplice, y lo es con delectación. Es cómplice de todo lo que ve, de las supersticiones, de los terrores bastardos, de las susceptibilidades de estas almas exasperadas; se su manía por hablar tan poco como puedan de la peste y, a su vez, de no parar de hablar de ella; de su enloquecimiento y de su palidez ante el más leve dolor de cabeza, porque saben que la enfermedad empieza con estos dolores; de su sensibilidad irritada, suspicaz, inestable, que convierte los olvidos en ofensas y que se aflige por la pérdida de un botón de la camisa”.

Y refiriéndose a los primeros días posteriores al decreto de confinamiento, el narrador Rieaux nos explica “en aquella extremada soledad, nadie podía esperar la ayuda de su vecino y todo el mundo restaba solo con su preocupación. Si por casualidad alguien trataba de confiarse a otro o explicarle un poco sus sentimientos, la respuesta que recibía, cualquiera que fuera, lo hería siempre. Se daba cuenta, entonces, que su interlocutor y él no hablaban el mismo idioma. Él, en efecto se expresaba desde el fondo de largas jornadas de rumiar y de sufrir, y la imagen que quería comunicar la había estado cociendo lentamente al fuego de la espera y de la pasión. El otro, en cambio, imaginaba una emoción convencional, el dolor a precio hecho, una melancolía estándar. Benévola u hostil, la respuesta resultaba siempre falsa, y era preciso renunciar a ella”.

Es así. Las individualidades incomunicadas (no importa los motivos) generan dinámicas de asilamiento, que nos alejan de los sentimientos y del conocimiento de los otros. Eso no hace más que alimentar un círculo vicioso de permanente incomprensión que, dependiendo de la relación entre los afectados, puede llevar a un desgaste innecesario de la relación. A riesgo de caer en fórmulas banales de conversación y de relación, hay que salir del estándar, de la etiqueta, o del convencionalismo. No es fácil, porque la escucha activa exige que el que la practica conozca y haya experimentado la diversidad, y que lo haya hecho no como turista o visitante ocasional.

Y también exige que haya “puntos de comparación”, para lo cual es fundamental la transparencia en la información. Las desgracias de los hombres derivan de su incapacidad para confesar con un lenguaje claro cuáles son sus intenciones.

Volvemos de nuevo, entonces, a recordar la necesidad de no caer en la tentación de querer proteger a los demás desde nuestra concepción de lo que “son las cosas”. ¿No sería eso, realmente, quererse proteger a uno mismo o, incluso, sin saberlo, sólo a nuestro “ego”? ¿Y no estaríamos cayendo, entonces, en un sesgo de conocimiento que nos puede llevar a un error?

Alerta Rieaux “el vicio más desesperante es el de la ignorancia que se piensa saberlo todo y que en consecuencia se cree autorizada a matar”.

No se trata de heroísmo. Se trata de honestidad”. Cuidado con el adanismo y más cuando se viste de buenas intenciones y buenas palabras.

Así que volvemos otra vez a la reflexión, que exige clarividencia, para lo cual es preciso revisar de forma crítica lo que hemos hecho, para aprender de los errores, sacar las “lecciones aprendidas” y también operativizarlas, para que no queden en un ejercicio meramente intelectual o teórico.

Posiblemente, como reconoce Tarreu, muchos de nosotros ya sufríamos la peste “antes de conocer esta ciudad y esta epidemia”. De lo que se trata, por tanto, probablemente, es de ejercitar la conciencia activa, especialmente en el caso de los “asintomáticos“. Siempre hay una hora del día y de la noche en la que un hombre es cobarde. Hay que temer es hora: “vigilarse a todas horas, para evitar verse arrastrado, en un minuto de distracción, a respirar sobre la cara de otro y contagiarle la infección /…/el hombre honrado, el que no infecta casi a nadie, es el que tiene más pocas distracciones: Y cuánta voluntad y cuánta tensión son necesarias para no distraerse nunca”.

Acabo con Paneloux, que como buen jesuita, invita al discernimiento: “Al principio de las plagas y cuando ya se han acabado, siempre se hace un poco de retórica. En el primer caso, porque aún no se ha perdido la costumbre y, en el segundo, porque la costumbre ya ha regresado. Es en el momento de la desgracia que uno se habitúa a la verdad, es decir, al silencio. Esperemos”.

1 comentario

  1. Buenos días Esther y muchas gracias por compartir tus reflexiones y comentarios sobre un tema de tanta actualidad.

    Rabindranath Tagore decía,

    ” Cuanto más grandes somos en humildad, más cerca estamos de la grandeza ”

    La humildad como virtud es y ha sido siempre muy necesaria para mantener nuestro equilibrio personal en la cambiante sociedad que nos ha tocado vivir, y ahora más que nunca.

    Saludos cordiales,

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