Googleleo “coraje”.

Y leo “Valor, decisión y apasionamiento con que se acomete una acción, especialmente con que se acomete al enemigo o se afronta un peligro o una dificultad”. Y “Rabia, enfado o disgusto, especialmente el que causa no haber podido evitar una situación o suceso adversos”.

Busco el significado de “valor” como su sinónimo.

Y sigo leyendo: “Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros”.

Coraje es mostrarse fuerte, especialmente en una dimensión física. Es asimilable a “hombría”, que es una ironía que sea un nombre femenino.

Me pregunto si también puede ser un acto de coraje el mostrarse débil o vulnerable.

Entonces recurro a “La Ilíada” de Homero, el poema épico por excelencia. ¿Dónde encontrar referencias claras a la valentía, sino en un relato sobre las hazañas bélicas de unos héroes, algunos conectados con las “fuerzas divinas”?

Abro el libro en el Canto IX y en los dos primeros versos aparecen “el Pánico que mata” y la “Fuga que hiela” infundiendo un “dolor insoportable”…No es casualidad que el miedo aparezca como una fuente que alimenta la voluntad de supervivencia del individuo  y del grupo (representados simbólicamente en la confrontación dual entre aqueos y troyanos). Así nos los recuerda Homero en el Canto XV cuando Héctor jalea a los troyanos “sed viriles, amigos míos, recordad el ímpetu y la fuerza /…/porque no es vergonzoso morir por el país, defendiéndolo: salva a la mujeres y a los hijos para el futuro, y le queda la hacienda”. Hay que ser valiente para luchar por mantener lo que es de uno. El mismo Héctor se lo decía a su esposa Andrómaca en el Canto VI, “la guerra es cosa de los hombres”. Esta es la carga que los estereotipos de género han depositado culturalmente sobre los hombres (con efectos secundarios parejos a los generados por los que soportan las mujeres). Sean (o aparenten ser) los jabatos, lo más valientes y luchadores…porque en ello les va la vida.

Y frente a ese miedo se activa la fuerza y la violencia como recurso de reacción primaria. Los unos contra los otros, porque aquí también aparece el principio de pertenencia como vertebrador del orden y complitud para cada uno de los grupos. Es a ello a lo que interpela Patroclo en el Canto XVI cuando espolea a los mirmidones: “sed viriles, amigos míos, no olvidéis la fuerza intrépida, honrad al hijo de Peleo, que es con mucho el más noble de Argos”.

Y, claro, ¿qué mejor manera tenemos para asegurar la pertenencia de los miembros del grupo que poner a prueba su lealtad, provocándoles? En un momento de crisis de los guerreros aqueos, Agamenón (que representa el “poder vigoroso”, porque es el “mejor dotado”, “el que más (naves) tiene” de toda la expedición) sugiere en asamblea la retirada a Grecia arrastrado por la creencia de que no podrán conquistar Troya. Y le responde Diomedes, no por casualidad, porque con anterioridad Agamenón se había burlado de él entre los dánaos por su falta de vigor, acusándole de “ser flojo y en la guerra un inútil”. Y todo él, enfundado de coraje, le reta: “si el corazón te empuja de repente a huir, ya puedes correr, que sabes el camino, y tienes dispuestas las naves /…/ Por el contrario, el resto de aqueos de abundante cabellera nos quedaremos aquí hasta que rindamos a Troya”.

Y la fuerza llama a la fuerza. Cuando los héroes alardean de su coraje, la fuerza transmuta en indignación y en ira y, en ese momento, el orgullo y la arrogancia toman el control, y el relato en La Ilíada (¿como en la realidad?) es un cúmulo de ataques y confrontaciones violentas en el que se pierde el recuento de muertos.

Ulises, conocido por su ingenio y astucia, introduce argumentativamente un giro que mucho más tarde resonará y determinará el desenlace de la obra. Es en el mismo Canto IX, cuando se dirige a Aquiles con estas palabras: “Hijo mío, Atenea y Hera la fuerza que quieras te darán, pero tú reprime tu espíritu altivo en el pecho, porque más vale ser benigno. Cesa en la cólera: hace mucho daño; de esta forma serás mucho más honrado, tanto los viejos como los jóvenes”.

Fénix, viejo consejero de Aquiles, “que reprimía su llanto” vuelve a pedirle que aplaque su corazón arrogante y afirma “Hasta los dioses en persona son más flexibles, y eso que tienen más fuerza, más honra y más virtud. Y ellos, los dioses, con ofrendas y peticiones bien amables a los hombres concilian /…/ Porque están las Súplicas, hijas de Zeus formidable, tuertas de ojos, arrugadas y cojas; por tarea, no lo dudes, tienen ir siguiendo al Error: van tras suyo. Pero el Error es forzudo, es ágil de pies, de manera que las adelanta y por todos los rincones se avanza a golpear a los humanos, seguidos por ellas, que los curan”.

De repente, a partir del Canto XVIII empiezo a vislumbrar la respuesta que estaba buscando.

En primer lugar, con Aquiles, que muestra de forma descarnada su dolor nada más recibir la noticia de la muerte de su compañero Patroclo con tres gritos que perturbaron e infundieron una confusión indescriptible a los troyanos y a los aliados. Aquello no era exactamente coraje, porque no era un acto consciente. Aquiles quedaba superado por el dolor y vertía lágrimas caldas. No es Aquiles (por su fogoso y salvaje temperamento). Pero son esas lágrimas en público lo que vaticinan el principio del fin de la historia y el momento en el que perpetradores y víctimas son lo mismo.

En segundo, con Agamenón, que rectifica y asume públicamente que se equivocó al deshonrar a Aquiles (y desatando su ira) cuando le despojó de Briseida y sus otros trofeos de guerra. Aquí tampoco se manifiesta el coraje de forma plena. Sobre todo, porque Agamenón no asume en primera persona su conducta, sino que lo atribuye al Error: “Con todo, la culpa no es mía: es de Zeus, del Destino, de la Erinia oscura cuando pasa, fueron ellos que en la junta me clavaron el Error en la entraña…”. Siempre la culpa es de otros. Pero, aunque sea utilizando un “chivo expiatorio”, la confesión pública de arrepentimiento supone un acto de valor que, de nuevo, se traduce en algo positivo: la restitución del orden entre los griegos.

En tercer lugar, con las reflexiones de Héctor justo antes de morir, en las que se arrepiente por no haber seguido los consejos de Polidamante, que recomendaba replegar las tropas troyanas al interior de la ciudad la misma noche “infausta” en la que Aquiles se alzó. El héroe muestra su temor ante la muerte y aparece débil y momentáneamente abatido. Pero eso no lo ven “los suyos”. Está solo. Los espectadores, al leer sus reflexiones, ahora ven al hombre, empatizan con él y, curiosamente, podrían hasta proyectarse en él. Nunca lo acusarán de “cobarde” por mostrar su debilidad junto a las murallas de Troya, por ese momento de sinceridad, y porque sus hazañas pasadas y la lucidez y convicción con la que decide enfrentarse a Aquiles, hacen que en su palacio y al otro lado del libro, los que lo observan descubran que su valentía va mucho más allá de la fuerza bruta. Esa valentía al profundizar conscientemente en lo que hay, de repente tiene el poder de conectar el pasado, con el presente y nos hace esperar que lo que ocurrirá en el futuro tendrá una resolución más sólida.

Y, finalmente, es Príamo, el viejo rey de Troya y padre de Héctor, que abandona el palacio pese a las súplicas de su mujer, reconociéndose vencido, y viaja solo y devastado hasta el campamento griego, desafiando a la muerte para enfrentarse a Aquiles y pedirle el cuerpo de su hijo para, así, poder honrarlo.

Nada más encontrarse con él, nos relata solemnemente Homero, Príamo abrazó sus rodillas, besó sus manos y empezó a llorar. Mostrarse suplicante al enemigo. ¿No es esto, también, valentía?

Y aquí está la reacción de Aquiles: “¿Y cómo te atreves a venir solo a las naves de Acaya y mostrar a tus ojos aquél que tantos hijos y tan nobles te ha exterminado? En ello se ve que tienes un corazón de hierro”.

Llegados a este punto, responsables de los diccionarios, quizás valdría la pena revisar definiciones…

 

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