Ninguno de ellos sabía decir exactamente cuánto tiempo llevaban metidos en aquel lugar. El tiempo había adquirido una consistencia elástica y pegajosa, que medían a través de referentes poco precisos: cuántas veces hemos dormido, o comido, o cuántas vueltas le hemos dado a la misma idea…

Nadie se atrevía a preguntarlo. Parece ser que cada vez que alguien preguntaba algo, desaparecía.

Al principio nadie lo había notado. Con el trajín de la entrada, todos andaban un poco despistados. Esperaban que alguien les diera la bienvenida y les explicara. Pero, al cabo de unos minutos de espera, alguien preguntó con cierta curiosidad “¿sabéis que tenemos que hacer?”. Alguien respondió solícito “¿pues no tengo ni idea?”. Al cabo de un rato alguien sugirió decidido “¿alguien tiene un móvil o unas cerillas?”. Otro, con extrema amabilidad, se excusó “yo no, lo siento, lo dejé todo en la entrada”. Gruñido metálico, como de bisagra mal ajustada. Aquellas voces no volvieron a escucharse.

Fue al cabo de más tiempo que alguien lo advirtió. Entonces ya había bastante agitación. La oscuridad mantenía a todo el mundo en la ignorancia y desconcertados. ¿Qué espacio ocupaban? ¿Cuántos eran? ¿Para qué estaban allí? En un inicio, todos tenían claro que el día que llegaron allí iban a trabajar. Bueno, a trabajar… A una especie de juego, a un “team building” (que les habían dicho), en el que tenían que hacer una serie de tareas de acuerdo con las directrices de los responsables del espacio, resolver un conjunto de retos, colaborar con los compañeros y, al final, si lo hacían bien, tendrían un premio o una mención especial. Vaya, más o menos como en el trabajo, aunque esto parecía mejor, porque era como un día de fiesta, así, sin tener que ir a la oficina.

Pero una vez dentro, nadie sabía más, porque no se veía nada, nadie les había hecho una acogida, ni les había explicado nada, y los responsables no comparecían.

Al principio, aunque extraña, la oscuridad daba tranquilidad. Como cuando cierras los ojos, que parece que puedes pensar mejor. Pero, con el tiempo, inquieta. De modo que empezaron los nervios, y el miedo, y algunos empezaron a increparse. Aunque las discusiones nunca escalaban, porque nunca nadie respondía a una respuesta. Impaciente: “¿Tú quién eres?”. Provocador: ”¿Y tú?”. Silencio.

Desconfiado: “Parece ser que aquí hay una jarra y unos vasos”. Oportunista: “Perfecto, yo tengo sed. ¿Me pasas uno?”. Dúctil: “A mí también”. Silencio.

Mandón: “Oye, el de antes, dónde dices que están los vasos?”. Silencio.

Impaciente: “¿Pero quieres hacer el favor de contestarle?”. Silencio.

Sofocado:“Oye, esto ya no tiene gracia. ¿Quieres decirle dónde está el agua?”. Silencio.

De repente alguien dijo receloso: “¿Os habéis dado cuenta de cuando alguien habla desaparece?”. Y otro espetó soberbio “Venga, lo que nos faltaba. El de las películas de terror”. Silencio. Lo dijeron sin pensar, como un automatismo, como hacemos buena parte de las cosas cada día. Sin pensar en las consecuencias. No volvieron a escucharse sus voces, aunque en esta ocasión no pudo percibirse sonido metálico alguno, sino un sutil quejido.

A partir de ese momento nadie más habló. Oscuridad y, además, silencio cavernoso.

La gente iba a tientas y tanteando. Como nadie veía, afinaron el sentido del tacto y el del oído, aunque prácticamente nadie se tocaba y no se oía nada más que el sonido de los roces de la ropa y de los cuerpos. Por si acaso, todos iban con cuidado, que es lo que pasa cuando no estás seguro de lo que pasa…o lo que está por pasar.

Y entonces empezó la música.

Un buen día empezó a sonar “La danza macabra de Saint-Saëns”. De repente. Un piano y un violín que confundieron a todo el mundo. El suelo empezó a abrirse, de manera que, como un resorte, todo el mundo se puso en pie.

Y así ocurría de forma regular. Inesperadamente emergía del silencio. El sonido y, con él, el temor de que el suelo los engullera si se quedaban sentados o quietos. Entonces todo el mundo bailaba al son de la música. Un movimiento frenético, sin orden, sin dirección, sin más sentido que el de la firme convicción de que “tenía que ser así”.

Siempre la misma canción, una y otra vez.

Y de buenas, otra música les cantaba. Un cambio. Alerta. Momento de escucha. Y, de nuevo, otra vez se volvía a restaurar una actividad desquiciante y, pese al movimiento, desunida.

La “Marche pour la cérémonie des Turcs” de Jean Baptiste Lully, “El vuelo del Moscardón” de Rimsky-Korsakov, “En la gruta del rey de la montaña” de Edvard Grieg, “Rondo alla Turca” de Mozart, “Passacaglia” de Boccherini, “Danzón nº2” de Gustavo Dudamel,  “Les Indes Galantes”, de Rameau, “Csárdás” de Vittorio Monti, “Trio op. 100” de Schubert…

Sin orden, ni concierto, se iban sucediendo periódicamente diferentes piezas y con ellas el humor de todos los que estaban encerrados en aquel espacio confinado de olor denso y pesado.

Fue con “La Reina de las Hadas” de Purcell. Sonaba y sonaba sin descanso “If love’s a sweet passion”.

If love’s a sweet passion, why does it torment? (“Si el amor es dulce pasión, por qué atormenta?)

If a bitter, oh tell me whence comes my content? (¿Si es amargo dime, de dónde viene mi alegría?)

Since I suffer with pleasure, why should I complain, (¿Desde el momento en que sufro con pasión, por qué me lamento)

or grieve at my fate, when I know ’tis in vain? (o por qué me aflijo por mi destino, si sé que es en vano?)

Yet so pleasing the pain is, so soft is the dart, (¡Incluso disfrutanto el dolor, es tan dulce el dardo)

that at once it both wounds me, and tickles my heart (que al mismo tiempo me hiere, y acaricia mi corazón!)

I press her hand gently, look languishing down, (Tomo dulcemente su mano, la miro lánguidamente)

and by passionate silence I make my love known.¡ (y le hago saber mi amor desde un silencio ardiente)

But oh! how I’m blest when so kind she does prove, (Y oh! Me siento bendecido cuando intenta)

by some willing mistake to discover her love (por error descubrir su amor

When in striving to hide, she reveals all her flame,  (Cuando se esfuerza por esconderlo, pero al final me revela su llama)

and our eyes tell each other, what neither dares name” (y nuestros ojos se dicen lo que ninguno de ambos osamos nombrar”)

Alguien empezó, primero a tararearla de una forma vaga y como ausente. Y, poco a poco, de forma más activa y rotunda. Resultaba curioso tomar conciencia de esa voz, que no desaparecía, sino que, por el contrario, se hacía más fuerte y convincente, al punto que empezaron a unirse a ella otra voz, y otra, y otra.

Y cuando parecía que todos los desconocidos que compartían el espacio iban a sumarse, una voz espetó irritada: “¡¿Se puede saber qué estáis haciendo?! ¡Callaos de una vez o nos haréis desaparecer a todos!”.

Sutil quejido. Y ruido metálico.

Pero el que había recriminado a sus compañeros estaba ahí, en el mismo sitio. Quieto, alerta y, también, aliviado porque veía que no había desaparecido pese a la temeridad que había cometido. No iba decirlo, por supuesto, por si acaso, aunque no sabía que, de momento, tampoco hubiera podido. Para el resto había pasado a ser un sujeto mudo.

Fuera, tras un portón de hierro aparecieron cuatro personas. Los que habían cantado. Era San Juan. Solsticio de verano. El Sol brillaba resplandeciente en su punto más álgido. Hicieron una mueca al recibir la luz, se pusieron la mano en la frente a modo de visera y se sonrieron.

 

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