Cuando odias (una canción), tu reacción tiende a ser espasmódica. (La oyes) y es como si una cucaracha te trepara por la manga: te falta tiempo para sacudírtela de encima

Carl Wilson es crítico cultural y consideraba a Céline Dion absolutamente, totalmente, insoportable. “Música de mierda” es el libro que escribió para canalizar de forma estructurada y con conocimiento el odio que le profesaba.

Es un libro que seguro que conocen los fans y los detractores de Céline Dion. Pero, más allá de los amantes de la música, es un libro que debería leer todo el que odia o que potencialmente puede llegar a odiar. Porque habla de prejuicios y de cómo superarlos. Lo ha dicho recientemente Steven Spielberg a propósito de su serie “Why we hate”: “el odio puede desaprenderse”. Y Wilson nos ayuda a hacerlo con una agudeza intelectual que nos mantiene sonriendo prácticamente durante toda la lectura.

Primero. El odio existe. ¿Quién no ha sentido por alguien un sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad, suspicacia, desprecio, malicia, hostilidad, rencor, aversión o repulsión hacia una persona, o un animal, o una cosa, o un fenómeno?

Segundo. En su libro “La expresión de las emociones en el hombre y los animales”(1872), Darwin avanzaba el importante papel adaptativo que juegan las emociones. Por tanto, el “odio” puede servir para mantener un cierto estado de alerta o prevención.

Es por ello que, para empezar, hay que saber escucharnos y entender lo que nos pasa (lo repetimos una y otra vez en Poligonesia). Es fácil cuando hemos cultivado la inteligencia emocional, que no es nada más que la competencia para poder reconocer e identificar nuestras emociones, antes de que desencadenen una serie de comportamientos que puedan llegar a ser inadecuados. Dicho de otro modo, es una competencia básica que evita sesgos de conocimiento y, por tanto, previene riesgos de error.

Wilson se escuchó en la entrega de los Oscar de 1998 a la mejor canción original. Esta es probablemente la actuación musical en vivo más simbólica de la historia: un frágil cantantautor indie, Elliott Smith, vestido de blanco en medio de un escenario totalmente desnudo, cantando “Miss Misery” (oda al sentimiento trágico) sólo cuatro minutos antes de que lo hiciera la carismática Céline Dion, y sus prodigiosas cuerdas vocales entonaran “My Heart Will Go On” (oda al amor romántico) rodeada de niebla artificial y de una orquesta entera de músicos. Madonna y su condescendiente sonrisa mientras anunciaba la victoria de Dion con un “what a shocker” (“¡menuda sorpresa!”), hicieron el resto.

En ese momento descubrió que odiaba a Céline Dion.

Tercero. Friedich Schiller decía que “cuando odio, me quito algo a mí mismo”. Y ya en el inicio de su libro, tan sólo en la página 28, refiriéndose no a Dion y su música, sino a su inicial aversión por la música country, Wilson reconoce que “me di cuenta que mi desprecio barato delataba mi ignorancia sobre comunidades enteras y sus formas de vida, unos prejuicios con los que no quería vivir. Fue una epifanía ética que se tradujo en un placer musical”.

Epifanía Ética”. Un ejemplo magistral de control de las emociones, al servicio de la virtud, con el que se obtiene una oportunidad de aprendizaje.

Wilson inició un proceso de indagación. Estudió el historial de Dion, su carrera, influencias, las características del género que cultiva, la sensibilidad que expresa, el impacto que provoca en sus fans. Todo, con un objetivo: “si al final me reconcilio con su música, me lo tomaré como una lección”. Humildad en estado puro, y que nos entrega honestamente a modo de tour experiencial, como un documental.

Cuarto. Recordemos que en la mitología griega, Némesis, la diosa de la venganza, castigó a Narciso por su ego, provocando que la absorción que tenía por sí mismo provocara su muerte. Wilson practica la diversidad y la empatía. Sale absolutamente de su ego, para meterse en el de todos aquellos que admiran a Dion. En ese ejercicio, ocurre algo extremadamente importante y revelador. Wilson trasciende la individualidad y da un salto “en plural”, de modo que abre el zoom y pasa a hacer un análisis y una valoración en clave “social”. Y ahí es donde se encuentra con la idea del sociólogo Pierre Bordieu de que nuestros gustos responden a un subtexto social: “los gustos son sobre todo aversiones, reacciones a la contra provocadas por el horror o la intolerancia visceral ante los gustos de los demás”.

El pensamiento de Bordieu se fundamenta en base a tres conceptos: los “campos”, que es un sistema estructurado de fuerzas relacionales dotado de una fuerza de gravedad que se impone a todos los objetos y agentes que se sitúan en su ámbito de influencia y que genera a la vez, espacios de concurrencia y espacios de conflicto; el “capital”, o el valor económico, cultural, social y político, que se intercambia en las relaciones entre agentes de un campo determinado; y el “habitus”, estructuras mentales y corporales de percepción, apreciación y acción, que comparten los miembros de un determinado campo y que, a su vez, permite que éste funcione y se consolide en el tiempo.

Sobre estos conceptos es fácil entender la idea de identidad, pero también la de “distinción”, muy parecida a la del posicionamiento competitivo y que, a modo de bucle, nos lleva de nuevo al terreno del “ego”. Cuando odiamos algo, deberíamos preguntarnos si se trata de algo razonablemente objetivo, o de un sentimiento estratégico, cuyo objetivo es simplemente el de posicionarnos frente a terceros de otros habitus y campos, por las consecuencias o beneficios materiales (capital) que ello pueda acarrear y, por tanto, como un acto de “ego-ismo”, que arrastra soberbia, engreimiento, presunción, clasismo, ostentación…o ilusión de poder.

Quinto.  En este punto, no es casual que Wilson hable de “amor”. “Tus problemas no son los míos, pero los quiero entender”. Tras ahondar en todo lo posiblemente positivo, en todo aquello que aporta valor, de forma perseverante, y llevándose hasta el final de todas las argumentaciones que abre, Wilson concluye “no puedo decir que tras mi inmersión en Céline Dion haya descubierto qué significa ser un fan de Céline, pero sí que he tenido que enfrentarme a lo que implica no ser un fan suyo”. Vergüenza por su vanidad y por su snobismo, y descubrimiento de la ignorancia supina que arrastra el vivir en la insularidad del que se cree un ser superior. Frente a ello, indulgencia, con uno mismo y con los demás.

El mensaje final: “Acceder a la edad adulta, para mí, tiene que ver con volverme democrático…desarrollarme en un mundo más amplio, más allá del horizonte de mis propios hábitos”.

Y una pregunta (la mejor manera de cerrar una reflexión): “¿Cómo sería la crítica si nuestra prioridad no fuera persuadir al personal de que se entusiasme por las mismas cosas, si renunciáramos a abogar por tal cosa y o a argumentar en contra de tal otra?”.

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