Aquél que, viviendo, no vive a fondo, necesita una de las dos manos para apartar un poco la desesperación que le causa su destino” (cita de Kafka con la que empieza la biografía versada “Charlotte” de David Foenjinos)

Cuando conocí de la existencia de Charlotte Salomon me quedé estructuralmente sacudida. Durante semanas. Hasta que devoré buena parte de lo que se ha escrito sobre ella, e hice las paces conmigo misma por no haberla descubierto antes.

Fue en febrero del 2019. En una exposición en el Monasterio de Pedralbes, el lugar que el rey Jaime El Justo encargó construir en 1326 para su esposa, Elisenda de Montcada, con la intención de que fuera el lugar en el que pudiera retirarse cuando él muriera y, por tanto, cuando ella enviudara. El rey realmente era Justo.

Un lugar en el que una pequeña comunidad de monjas clarisas vivió en clausura durante aproximadamente 700 años. Un escenario de poder femenino. “Ora et lavora”. Un espacio privilegiado pensado para la reflexión, la introspección, el estudio y el trabajo comunitario y en comunidad. Visto en perspectiva, una modernidad precursora, eso de ser “WE” y no “ME”…

Quien “googlelee” la biografía de Salomon, descubrirá que fue una pintora alemana de origen judío hija de Albert Salomon, médico cirujano y profesor universitario, y Franziska Grunwald, enfermera. Parejas clásicas, y más en aquella época de entreguerras.

Cuando Charlotte tenía 9 años, su madre se suicidó. Como también hizo su tía, la primera Charlotte y de la que ella tomó el nombre, y su prima, y su abuela, y otra tía…

Todo esto lo descubrió cuando tenía 22 años y se había trasladado a Villefranche-sur-Mer. Antes, su padre y su mujer, la cantante lírica Paula Lindberg, habían huído también, pero a Holanda. Víctimas todos de la persecución nazi.

En 1943 Charlotte se casó con otro refugiado judío, Alexander Nagler. Ese mismo año, estando embarazada de 5 meses, fueron detenidos, trasladados a Drancy a un centro de “encausamiento o clasificación” de judíos, y de allí fue incluida en un transporte a Auschwitz, donde murió, posiblemente el mismo día de su llegada.

Hasta aquí, una vida marcada por el silencio incómodo de los secretos de su familia y todas las inseguridades que lo acompañan. Y, después, por la agotadora necesidad de aparentar eso que llaman “normalidad”…o de esconderse de ella.  Y, al final, dramáticamente lastrada por la mácula de haber sido catalogada como diferente, y por la perplejidad y el miedo a ser delatada y detenida y, en el mejor de los casos, de ser sólo internada en un campo de concentración.

“El trabajo hace libre”  (“Arbeit macht frei)?”. Esta es la frase que aparece en la puerta de entrada de Auschwitz-Birkenau.

Esta es posiblemente la ironía más cruel en la vida de Charlotte Salomon.

Cuando descubrió, a través de su abuelo, que la mayor parte de mujeres de su familia se suicidaban, se sumió en una profunda crisis existencial. Pero, gracias al consejo del Dr. Moridis, decidió ponerse a trabajar frenéticamente en un proyecto “demencialmente extraordinario”, con el objetivo de conjurar la maldición y liberarse de la muerte. “Un trabajo que la hizo libre”.

Y pintó “¿Vida o teatro?”, una autobiografía dramatizada compuesta por 769 guaches, que combina imagen, texto y música (a través de referencias).

Charlotte es un ejemplo de absoluta resiliencia.

Mira la realidad a la cara, aunque represente una terrible agresión. Y la mira con una enorme y precisa capacidad de observación. Y entra en sus sentimientos, hasta lo más hondo de la profundidad, para superar todos sus miedos, hasta ser capaz de rescatarse de las sombras más negras.

¿Y cómo lo hace?

Tomando distancia. Desde el mismísimo principio, el grafismo que le da al título, permite jugar ambiguamente con las palabras. “Leben Oder Theater?” o “Leben Oder Teleater?”. Las “teleater” fueron las primeras gafas de ópera que comercializó la empresa Zeiss hasta los años 20. Mirar la vida como si se representase en un escenario teatral, desde un palco, pero con un “alarga vistas”. Toda la perspectiva, profundidad y exactitud.

Con foco, responsabilidad y tenacidad. Acabó la obra en menos de dos años. Con sentido de urgencia y siendo consciente que las circunstancias no eran las mejores. Una vez tuvo claro su proyecto, trabajó con disciplina y constancia. Siempre activa, y sin quejarse aunque tuviera que utilizar papel ya utilizado porque ya no tenía más.

Usando diferentes lenguajes y recursos para poder entender y explicar. Se sirve del arte como canalizador de sus emociones. Tiene el talento de poderse explicar a través de la pintura, pero allí donde no llega, o el dibujo se le queda corto, utiliza el lenguaje poético y el recurso a la música. Imaginemos: “Una persona está sentada frente al mar. Pinta. Y de repente piensa en una melodía. Y la empieza a tararear. Y se da cuenta de que lo que está cantando, cuadra perfectamente con lo que está intentando plasmar en el papel”. No olvidemos que el arte, en cualquier de sus manifestaciones, es una manifestación estética y, por ello, una de las mejores muletas para conocer y expresar los sentimientos. La inteligencia emocional se alimenta en el arte…y en la experiencia.

Dándole la vuelta a las cosas y empatizando. En uno de los dibujos en los que explica el suicidio de su madre, Charlotte escribe “En el cielo todo es más bello que aquí en la tierra”. Tener la capacidad de convertir lo malo en bueno y lo bueno en malo, a través de la observación profunda y la reflexión, nos permite ver y vivir las cosas de otra manera. Y con ello, descubrirlas realmente, en todas sus dimensiones. Y también nos permite acercarnos a los otros, primero para poderlos entender y reconocer. Después, quizás, para poderlos justificar, o exculpar, o simplemente verlos como adversarios y no como enemigos. Tras la muerte de su madre, en uno de sus dibujos, aparece Charlotte sentada en la bañera pensando, y escribe “Ahora, esto es a lo que se le llama la vida”. La vida también es muerte.

Con sentido del humor. O inteligencia. Como prefiera decirse. Porque el buen humor, que no es frivolizar ni buscar la risa, no es más que una manifestación de inteligencia. Igual que el mal humor, justo de lo contrario. Y Charlotte consigue que sonriamos, aunque sea insignificantemente, con los dibujos en los que retrata la persecución nazi. Milagrosamente y gracias a la persistencia del profesor Ludwig Bartning, Charlotte consiguió entrar en la Academia de Bellas Artes de Berlín, pero tuvo que soportar que su obra, aún siendo premiada, fuera atribuida a una de sus compañeras arias, para no levantar sospechas ni suspicacias. Igual que su padre, cuyo prestigio y compromiso no le sirvieron de nada para mantener su plaza como médico. “Lástima que sea judío. Deberíamos ver si no podemos hacer de él un honorable Ario”…

Apoyándose en otros. Para asegurar la pervivencia de su trabajo, atribuyó su propiedad a Ottilie Moore, la adinerada norteamericana que le había dado cobijo a ella y a sus abuelos en la casa “El Ermitage”, en el sur de Francia, cuando huyeron de Berlín. Pero ella había escapado a Estados Unidos, de modo que pensó en cómo podría mantener su obra a salvo. Metió los dibujos en una maleta y se los llevó al Dr. Moridis. “Es toda mi vida” le dijo al entregársela.

Referencia. Mientras reflexionamos sobre ello, suena de fondo “La muerte y la doncella” de Schubert.

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