A partir de mi aportación sobre “La inteligencia emocional en las empresas”, en el Women Evolution Congress celebrado en #ESADECreapolis el 3 de octubre de 2019

Hace unos días, compartía conversación con un grupo de personas sobre la condición humana y la búsqueda de la felicidad, a propósito de un compendio de cuentos de Osamu Dazai.

Dazai podría ser definido como un “poeta maldito”, como un “enfant terrible” de la literatura japonesa. Cuentan sus biógrafos que fue el octavo hijo superviviente de una familia adinerada; que su madre tenía una salud frágil, por lo que fue criado por una institutriz, Take Chikamura; que fue desheredado por dejar sus estudios de literatura francesa en la Universidad de Tokio y huir con una geisha de bajo rango con la que pretendía casarse; que era alcohólico y adicto a la morfina; que mantuvo diversas y convulsas relaciones emocionales; que fue investigado policialmente y asignado a una proceso de rehabilitación psicológica tras un intento de suicidio con una de sus amantes en el que ella murió y él sobrevivió; que su primera esposa lo engañó cometiendo adulterio con su mejor amigo; y que tras cuatro intentos previos de suicidio, que se sucedieron desde 1927, murió en junio  de 1948 arrojándose al canal de Tamagawa junto a la última de sus parejas, Tomie Yamazaki, atados ambos con la cuerda roja de los amantes suicidas.

La historia de Dazai es una historia de dolor por no sentirse querido, por haber de fingir, y por ser consciente de que no encajaba en un mundo y en una sociedad que le horrorizaba. Es una historia relatada a través de sus obras (“Ocaso”, “Indigno de ser humano”, “Ocho escenas de Tokio”, o “Repudiados”), pertenecientes al género watakushi shosetsu. Éste es un estilo autobiográfico, en primera persona, en tono confesional. Probablemente esto es lo que explica que sea el escritor japonés más querido entre los jóvenes, que su obra se haya integrado a la cultura pop a través del manga, el cine y el anime. Y que cada año, en el aniversario de su muerte, se congreguen cientos de personas en el canal que los shogunes mandaron construir en el siglo XVII para abastecer de agua potable a la antigua Edo, para allí rendirle homenaje, rezar y dejar flores.

Dazai es sensibilidad, conciencia del “yo” y verdad descarnadas.

Allí estábamos, unos cuantos lectores de Dazai, al anochecer, en un patio interior y verdadero del barrio de Gracia, acribillados por los mosquitos, cuando Alex Pler, escritor, anfitrión de la velada y japonista dijo algo así como “saber que podemos ser felices con la imperfección es un pensamiento liberador”.

Esta idea se podría representar en Japón con el círculo “ensô”, ese círculo sin completar que los mojes zen y los practicantes de la pintura sumi-e dibujan con tinta negra sobre papel de arroz. Este círculo representa la claridad de la mente, y también es un ejemplo del espíritu “shibumi”, la perfección sin esfuerzo aparente.

En ese momento me asaltó una pregunta y, con ella, salté a otra dimensión: ¿cómo llegar a la claridad de mente en una organización? Y visualicé a un tirador de “kyudo”, el arte del tiro con arco, con el que se adquiere la total armonía entre la mano, la flecha, la respiración y el cuerpo. Total equilibrio y control sin esfuerzo aparente.

¿Y cómo podemos llegar a este punto?

Leibniz quizás diría que eliminando las emociones y, con ellas, cualquier elemento que pueda confundir el pensamiento. Vamos a sustituir el verbo “eliminar” por el verbo “gestionar inteligentemente”. Partamos tan sólo de 4 emociones primarias: miedo, ira, tristeza y alegría.

¿Qué provoca el miedo en una organización? Entre otras, la realidad o la percepción de una realidad indefinida, desconocida, de incertidumbre o de especulación.

¿Y la ira? Entre otras, la realidad o la percepción de una realidad inconsistente, carente de planificación y orden, en la que falta el diálogo, o en la que se toleran o promueven conductas de arrogancia y soberbia.

¿Y la tristeza? Entre otras, la realidad o una percepción de realidad injusta, en la que falta reconocimiento y aprecio y en la que no se encuentra sentido.

¿Y que ocurre cuando una organización tiene miedo, ira o tristeza? Sus miembros se paralizan, se esconden, se equivocan, se escapan, se enfadan, languidecen y se desinflan en todas las manifestaciones e intensidades posibles.

¿Y que provoca alegría en una organización? ¿Qué nuestro jefe nos de los buenos días por la mañana? ¿Qué nos de las gracias por nuestro trabajo? ¿Qué nos felicite por nuestro cumpleaños?….¿Aunque las cosas no funcionen, sean un desastre o claramente mejorables?

No vamos a poder “gestionar inteligentemente” las emociones (sólo) con formaciones de inteligencia emocional a los jefes. Ni con el nombramiento de un “Director de Felicidad”. Ni con la programación de actividades de “wellness”.

La inteligencia emocional son procesos exigentes y perseverantes. Entre otros, de comunicación interna, de organización y planificación del trabajo, de evaluación, o de compensación. Y son KPIs, y evidencias empíricas que demuestren la correlación entre procesos-claridad mental(“flow”, que diría Csikszentmihalyi)-resultados. Es lo más hard que hay en una organización, se mire por donde se mire.

La inteligencia emocional es, también, mucho entrenamiento y disciplina en la observación y el aprendizaje y, por tanto, mucho pensamiento crítico, mucha mejora continua desde las lecciones que nos enseñan los errores, mucho desprenderse del “conocmiento experto” y mucho cultivo de la inteligencia apreciativa.

Y es, finalmente, desprenderse del ego. Todos. Y que todos se vuelquen al activismo consciente con las cosas y personas que les rodean, y militen en la vocación de servicio.

Y, como en el cuento “Narcisos” de Osamu Dazai, es también que entendamos lo que sacrificamos y dejamos en el camino cuando desaparece la verdad.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.