Work gives man nobility, and turns him into an animal”/ “El trabajo ennoblece al hombre y lo convierte en un animal” (Mihaly Csikszentmihalyl)

Esta semana pasada fue una prueba de fuego para muchos de los que regresaban al trabajo tras la pausa de agosto: “Dios mío, ya se han acabado las vacaciones ¿Cómo pueden haber pasado tan rápido?”.

Algunos, puede que aderezaran esta reflexión con algún toque de frustración, desespero, ansiedad, tristeza o resignación, recordándonos aquéllo del “Mamá, no quiero ir al cole” o, quizás peor, aquéllo del “día de la marmota” (“a ver si ahora me organizo mejor”, “no saldré tan tarde”, “intentaré dedicar más tiempo a lo que me gusta”, “a ver lo que nos duran las pilas cargadas”, “a ver lo que nos dura el moreno”…).

Lo llaman el “síndrome post-vacacional” (“post-vacation” o “post-holiday blues”) y dicen que en España afecta en torno al 41% de la población ocupada.

Sigmund Freud no lo entendería. Según él, el secreto para ser feliz era “Trabajo y Amor”.

Y, de hecho, existe evidencia científica que demuestra que el trabajo no sólo puede ser una actividad placentera, sino que en muchas ocasiones es la que produce una mayor y más consistente satisfacción en la vida. Seamos apreciativos. En mayor o menor medida, es un espacio de socialización natural que nos arraiga a una comunidad, es una fuente de generación de conocimiento a través de la técnica y la experiencia, es una plataforma de construcción de nuestra identidad y de desarrollo personal y profesional, es una palanca de reconocimiento tangible e intangible, es un entorno que genera diferentes oportunidades para poner en práctica todas nuestras habilidades y competencias, y una actividad que nos marca una dirección, nos ayuda a estructurar nuestras rutinas y nuestro tiempo de vida, y nos previene de caer en el tedio, en el desorden o en el pasmo.

Un simple ejercicio de testeo: A la pregunta, puntúa del 1 al 10 tu vida profesional, por un lado, y tu vida personal, por otro, ¿en condiciones normales, ambas puntuaciones diferirían mucho? ¿habría un número significativo de personas que obtendrían una puntuación significativamente inferior en el ámbito profesional?…¿o, incluso, nos sorprenderíamos con una puntuación superior a la obtenida en el ámbito personal?.

Por tanto, no debería haber motivo para sufrir el síndrome post-vacacional o, al menos, para atribuir al trabajo una responsabilidad culpabilizadora en su origen y efectos.

El reinicio de la actividad laboral después de un período largo de vacaciones es un “Momentum”, que dirían los de marketing. Un momento de la verdad. ¡Un momento! ¡Suprimamos el determinante artículo!. Es un “momento de verdad”, en la que nuestra realidad nos mira descaradamente a la cara y nos pregunta “¿eh tú, y ahora qué?”.

Y no vamos a engañarla con herramientas y técnicas operativas que facilitan el tránsito del ocio al neg (nec/no)-ocio, aunque sea extremadamente útil:

• Haber dejado antes de las vacaciones una lista de asuntos a retomar, con sus referencias y últimos pasos realizados. Incluso haber anotado la contraseña de acceso al ordenador en caso de olvido.
• Programar el retorno de las vacaciones días antes de que se incorpore el grueso de personas de la organización o del equipo, para poder disponer de un tiempo de mayor calidad, sin interrupciones ni nuevas demandas, que permita “limpiar” la bandeja de correos electrónicos, “organizarnos” las tareas de nuestra “to do list”, pensar y ejecutar con calma y espacio, y alcanzar la “velocidad de crucero” antes de que se dé oficialmente por abierto el curso.
• Regresar a media semana, para así poder tener (como en las guarderías o en los centros de educación infantil) unos “días de adaptación” y no enfrentarte de golpe a “toda una semana seguida de trabajo”.
• Y que se convoque una reunión de arranque que marque, de forma estructurada, el punto de partida y la dirección para los próximos meses.

La realidad es tozuda y nos va a pedir más. Y ahí es donde aparece Mihaly Csikszentmihalyl, con su libro “Flow” debajo del brazo, y nos pregunta si tenemos una “personalidad autotélica”.

En la cultura taoísta explican la historia de tres hombres que ven a un hombre solo sobre una colina y deciden subir a ella para preguntarle qué hace allí, ya que se han enzarzado en una discusión sobre cuál puede ser el motivo y no se ponen de acuerdo. Cuando llegan, uno le pregunta: “¿Has perdido a un amigo?”, y el hombre responde: “No”. El segundo pregunta: “Ah, ¿estás buscando a tu perro?”. El hombre responde: “No”. A lo que el tercero dice: “Ah, he acertado! Has subido a disfrutar simplemente del aire fresco”. El hombre contesta: “No”. Los tres hombres quedan perplejos y uno pregunta: “¿Entonces, qué haces aquí?”. El hombre replica: “Simplemente estoy aquí”.

No es un “cuento chino”, ni una “pose zen“.

Más allá de los “trucos” o la mera inercia, para “volver al trabajo y no morir en el intento” quizás lo que debamos es entrenarnos en el arte del “flow”.

• Actuar sin preocuparnos por las recompensas externas, espontáneamente y con total compromiso.
• Sentirse metido dentro de la actividad, concentrándose en lo que está sucediendo en el aquí y el ahora (y no en todo lo que nos estamos perdiendo mientras tanto), con plena involucración y conciencia.
• Aprender a disfrutar de la experiencia que se está viviendo, focalizando nuestra atención hacia las oportunidades de acción que nos brinda el entorno, y hacia la habilidad de reconocer esas oportunidades para la acción, donde los demás no las ven.
• Y, como recomendaba C.K. Brightbill, asegurarnos que no sólo somos educados, sino que estamos educados para usar nuestro ocio (¿podemos dejar de llamarle “tiempo libre”?) de forma sabia.

Y en honor a la justicia, y para no abandonar a la suerte del “individuo solo” la solución de problemas que exigen diferentes niveles de intervención, quizás todos los directivos y mandos intermedios podrían preguntarse a la vuelta del verano, no sólo si ellos son autotélicos, sino si están interviniendo activamente para configurar “trabajos autotélicos”:

• Cuanto más se asemeje un trabajo a un juego (retos variados, apropiados y flexibles, objetivos claros, feed-back inmediato, etc…) más satisfacción generará, con independencia del nivel de desarrollo personal de quien lo realiza.
• Cuanto antes nos demos cuenta de que la calidad de la experiencia del trabajo puede ser transformada a voluntad, antes entenderemos que el rol esencial del directivo es crear un entorno en el que el trabajo no sea visto como “un castigo divino”.

Desde este punto de vista y con todos estos retos, ¿de verdad que hay alguien a quien no le apetece regresar de las vacaciones?.

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