Hace muchos años vivía un rey conocido más allá de las fronteras de sus dominios, por su insaciable y vanidosa pasión por todo tipo de ropajes y vestidos. Atraídos por su fama, llegaron al reino dos impostores, prometiendo al monarca que podían elaborar para él la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda tenía, la propiedad de poder ser vista sólo por las personas dotadas de una alta inteligencia y talento o, dicho de otro modo, no podía ser ni vista ni apreciada por cualquiera que fuera estúpido o incapaz para su cargo y posición. Obviamente el rey quedó fascinado por aquella propuesta y no dudó en hacerles un encargo, facilitándoles, sin mesura, el dinero y los materiales preciosos que los “sastres” le iban pidiendo. Al cabo de unas semanas y algo inquieto por no haber visto aún ningún resultado, envió a dos de sus hombres de confianza para supervisar los avances de la confección. Evidentemente, ninguno de los dos admitió que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabarla. Y así fue como, al cabo de un tiempo, los estafadores hicieron entrega al rey del traje, le ayudaron a ponérselo, entre el silencio atemorizado de algunos y los elogios y adulaciones de otros, que temían ser tildados de ineptos en caso de confesar lo que realmente estaban viendo. Y así fue como el rey salió en un pomposo y solemne desfile para mostrar su grandeza. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje, y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino. Toda la gente del pueblo gritaba con entusiasmo y alababa enfáticamente el traje, temerosos de que fueran sus vecinos los que descubrieran que no podían verlo, hasta que un niño dijo: «Pero si va desnudo»…”.

Hans Christian Andersen, escribió este cuento, allá por el siglo XIX. Lúcido, mordaz y, como ocurre con los clásicos, absolutamente actual.

Su vida, entre otras, es una historia de talento marcada por la mentoría de dos hombres: el Director del Teatro Real de Copenhaguen (Jonas Collin) y el Rey Frederico VI. Otro guiño: la inteligencia sola no llega lejos, si no se la moldea, canaliza y promociona.

Era hijo de una familia marcada por la pobreza, el alcoholismo y el protestantismo. Aprendió varios oficios, pero no finalizó ninguno. Se fue a Copenhaguen con 14 años para convertirse en cantante y actor. Tras conocer a diversos músicos y poetas, fue admitido como alumno de danza en el Teatro Real, donde su director lo acogió como protegido, pagándole sus gastos y encargándose de su formación. Igual que hizo el Rey Frederico VI que, atraído por su particular carácter, lo envió a la Escuela de Slagelse y de Elsinor. Y amó por igual a hombres y a mujeres.

Era un espíritu valiente, emprendedor, y dotado de una especial sensibilidad, sobre la que cimentó una “buena educación”. No es de extrañar, por tanto, que escribiera cuentos como este, rebosantes de inteligencia emocional.

Volviendo al cuento. Éste es un relato sobre vanidades, truhanes y poder, pero, sobre todo, sobre el “Yo Ciego” y el “Yo Encubierto” y cómo se construye.

Hans Christian Andersen, veremos, fue además de valiente un precursor, porque muchas décadas más tarde, en el año 1956, dos psicólogos norteamericanos, Joe Luft y Harry Ingham, inventaron un modelo para explicar los principales dinamismos del autoconocimiento y del conocimiento interpersonal, conocido como la “Ventana de Johari”. Y abriendo la ventana podemos ver a nuestro flamante rey desnudo.

Tenemos 4 “Yos”:

  1. El yo abierto: es el conocido tanto por los demás como por mí.
  2. El yo ciego: es el que yo no puedo ver, pero que si es visto por los demás.
  3. El yo encubierto: es el conocido por mí, pero que mantengo oculto a los demás.
  4. El yo desconocido: es el yo inconsciente profundo, porque no es conocido ni para mí, ni para los demás.

Claramente, el “yo ciego” y el “yo encubierto” se sitúan en una zona de riesgo y de “patología” social.

  1.  El yo abierto se construye a partir de la conversación libre, clara, relajada y honesta. Dejo que los otros conozcan lo que soy, y los otros me hacen de espejo para que yo pueda conocerme mejor. Es el territorio franco de la asertividad, en el que despliegan todo su potencial (y recogen sus frutos) la inteligencia emocional y la inteligencia apreciativa.
  2. El yo ciego se construye y crece, por el contrario, en el silencio. Es el yo desconcertante, porque nos confronta (normalmente de forma dolorosa) con la realidad de que no somos como creíamos, o con la evidencia de que los demás nos ven de forma muy diferente a como pensábamos que nos veían. Es un territorio en el que, en el mejor de los casos y si tenemos la suerte de que alguien nos haga de lazarillo, desvelaremos nuestra desconexión con el mundo, y nos daremos cuenta que desconocíamos lo que despertamos en los demás (sobre todo lo que despertamos de negativo), porque no se nos dice.
  3. El yo encubierto se construye también desde el silencio, pero desde el nuestro, no desde el de los demás. Es el territorio de las máscaras y los disfraces, de las apariencias y de toda la artillería de mecanismos de defensa, es decir, de tácticas más o menos sofisticadas con las que deformamos la realidad para mostrar una determinada imagen de nosotros, que nosotros sabemos que no es del todo real.
  4. El yo desconocido no se construye, sino que se descubre y se conquista, a partir del conocimiento profundo de uno mismo. Es el territorio del subconsciente y, por tanto, un capítulo a parte.

¿Y cómo llegamos al “yo ciego” y al “yo encubierto”? Probablemente no por maldad, sino por miedo. En el primer caso, a las consecuencias que se pueden derivar cuando le decimos a alguien algo malo o le advertimos de que lo está haciendo mal, especialmente si ostenta algún tipo de poder. En el segundo caso, por miedo a que nos rechacen o no nos acepten.

Conclusión y desenlace: no decimos las cosas (¿o no es más cómodo y rápido que indagar en nuestros miedos?).

Consecuencias:

  •  Invertimos cantidades ingentes de energía en mitigar la ansiedad o la angustia que se activan al alimentar estos procesos.
  • En el momento en el que “la ley del silencio” se normaliza, o se institucionaliza, damos lugar a sociedades (u organizaciones) que sufren patologías neuróticas o paranoides.
  • En ese momento, ya hemos perdido la batalla de la mejora continua y de la innovación y nos hemos convertido en “cortesanos” e intrigantes.
  • Y como dice el refrán “entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Moraleja: tengamos más niños alrededor (o muchos adultos que sepan caer en la “incomodidad” de decir las cosas) y, también, reyes que deciden no cortarle la cabeza al niño cuando dice que el rey va desnudo.

 

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