Los personajes, hechos y asignaciones de género retratados en este post son completamente ficticios (cada uno por su lado). Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

 “En la vida de hoy, el mundo sólo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación” (Fernando Pessoa, “El libro del desasosiego”)

 Santiago llegó a las 14h. y fichó. Trabajaba en turno de tarde, de 15h. a 21h., pero tenía por costumbre llegar una hora antes. Trabajaba en la sección de “pérgolas, carpas y cenadores” y aprovechaba esta hora para supervisar los pedidos, las entregas y las incidencias antes de que el equipo de la mañana acabara su turno a las 15h. para ir a comer.

A las 14:15h. y con la decisión del que sabe a dónde va, Santiago se dirigió a la sección de “muebles de jardín”. En uno de los expositores estaba el “conjunto de ratán sintético PAPASAN”. Lo habían colocado esa semana y parecía cómodo. Así que se dejó caer a plomo con cierta indolencia.

Cerró los ojos. Se imaginó en una casa con piscina en un paraje recóndito de una isla paradisíaca. “Como los ricos de las revistas” (pensaba) .

Él, que no había acabado el grado medio en electrónica, que había estado trabajando desde los 17 años, ahora de “becario técnico” de mantenimiento en un gimnasio, ahora de recepcionista nocturno en un hotel, ahora de torero en un almacén de logística, y hasta ahora, que llevaba 2 años trabajando como dependiente, gracias a un vecino que trabajaba en la ETT y que había referido su currículum cuando se le acabó el último de sus contratos temporales.

Se sentía profundamente libre en aquel sillón con forma de huevo. Cerrar los ojos tenía un efecto terapéutico. Decidir no ver. No ver su piso de 80m2. con suelo de terrazo. No ver a su mujer, ni a sus dos hijos…ni escucharlos. No ver todas las facturas de principio de mes, ni el extracto del banco, que nunca conseguía tener más de 3 ceros el día 1, ni más de 1 el 30. Cerrar los ojos también tenía un efecto subversivo. Revelarse contra el trabajo, contra su horario, contra su contrato laboral, contra sus horas extras, contra su salario, contra sus jefes, contra la empresa y contra el sistema económico…contra él.

Cerraba los ojos y se miraba hacia dentro. Y se zambullía en aquel agujero negro, del que no podía escabullirse. Sumergirse para dormir, y así meterse en una vida soñada…o simplemente de no conciencia. ¿Quién no se ha ido dormir alguna vez para escapar del cansancio esencial de vivir?

En el hilo musical sonaba “A Rita” de Chico Buarque. Bossa para mecerlo.

Sara apareció por la sección de “macetas y jardineras”. “Este tío es un auténtico jetas. Se va a enterar”. Sacó el móvil del bolsillo del pantalón de su uniforme y fotografió a Santiago camuflada tras un “Chamaerops humilis” (palmito) de plástico. “Ahora vas a ver. Aquí se viene a trabajar y no ha dormir” le decía a su pantalla mientras enviaba un whatsapp al responsable de tienda.

Ella, hija única que vivía sola, que había estudiado un grado medio en administración, un curso de contabilidad y que este año había obtenido del certificado A1 de inglés.

Sara estaba satisfecha. Con aquel bienestar medido del que vigila a los otros y obtiene su recompensa en el momento en el que descubre un error. Y con aquel sentido calculado del que denuncia “para que se haga justicia”. Tras la palmera se sentía una ciudadana de bien, una empleada en el debido ejercicio de sus funciones, diligente y profesional. Orgullosa de su trayectoria profesional y de su contrato indefinido, al que había llegado hacía 3 años, gracias a esa disciplina suya de hormiguita.

Y a continuación, envió otro whatsapp, adjuntando la foto, a Joaquín, a Juan y a Laura, sus compañeros de planta. “Qué? Le llevamos a media tarde un mojito????”.

Desde su despacho, Carlos, el “Director de Recursos Humanos”, recibió un mensaje del responsable de la tienda de la zona 7. Resopló, abrió mensaje nuevo en su Outlook y tecleó: “Prepara carta de despido para mañana. Es en la tienda 7. Improcedente. Te paso foto para montarlo y los datos del trabajador para la indemnización. Utiliza el modelo A de la carpeta de “despidos disciplinarios”. Hay que avisar al delegado de personal. Creo que esta en el turno. Dile al responsable de tienda que lo busque y se lo diga mañana antes de cerrar, y al trabajador que le den la carta justo después. Pásale todos los papeles. Si firma ya la papeleta, que le digan que llamamos a Conciliación y lo cerramos rápido. Si tienes alguna duda, me dices o le preguntas al encargado. Para la liquidación, habla con Gerardo y que te prepare el talón”.

Él, que había estudiado Derecho y después un Máster en Recursos Humanos, se quedó pensando un rato. Como si se hubiera “colgado”. Llevaba 15 años en la empresa y más de un centenar de despidos en aquella zona. Siglos de todo.

No llegaba a acostumbrarse a este proceso. Ejecutaba y se preguntaba si tras todos sus años de experiencia también podría ser médico (si estudiara, claro, la carrera de medicina). ¿Cómo se da la noticia de una enfermedad grave? ¿O qué decirle a un paciente o a sus familiares cuando un tratamiento o una operación no ha ido bien? ¿Cómo llegas a decirlo con distancia? ¿Cómo dejas de implicarte personalmente para que no te afecte? ¿Cómo llegas al punto de no implicarte? ¿Y es eso bueno? ¿En definitiva, no es eso ser un buen profesional? “Una cosa eres tú como persona y otra cosa eres tú en el trabajo. ¡Qué mentira más grande!”…

Hacía calor en su despacho. Y pese a llevar una camisa de manga corta, se aflojó el nudo de la corbata y se acordó de George Clooney en “Up in the Air”.

Al cabo de 9 meses, más o menos, Rosa dictaba sentencia, reconociendo a Santiago el derecho al percibo de horas extras. Algo más de 3.600 euros. El resultado de una reclamación de cantidad por no haber incluido en una liquidación, tras un despido, el importe de todas las horas extras no retribuidas ni abonadas durante el año previo al mismo.

Ella, juez de lo Social. Absoluta vocación al servicio del Derecho del Trabajo.

Tampoco llegaba a acostumbrarse a este proceso. Cada día era testigo del conflicto. Y allí estaba ella para componerlo, porque no había razón o sobraban razones. Y porque no se había hablado lo suficiente…o lo suficientemente bien para poderlo arreglar sin meter de por medio a conciliadores, a abogados o a todo un aparato judicial.

A veces, cuando la semana había sido difícil, se sentía como una especie de encarnación del fracaso social. Otras, afortunadamente las más, sentía que su papel era del todo necesario para poder poner un poco de sentido a las cosas y, pese a todo, para mejorar la vida en las empresas.

Hoy, mientras recordaba aquella sentencia, se sentía frustrada. Un leve enfado le zumbía en la cabeza. Y también cierta impotencia y algo de desespero. “No puede ser. ¿Por qué no se leen las sentencias?”.

Allí sobre su mesa, el apaisado de un diario salmón. Y como si las letras cobraran vida, un titular: “Aunque el empleado se duerma en el trabajo, la empresa debe pagarle las horas extras”.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.