Escuchemos a Chavela Vargas y su “Amar Duele” como introducción a este post.

Amar duele, amar duele
y vivir sin amor, no conviene
amar duele, hay!, amar duele
y vivir sin amor, no se puede

necesito tus besos
necesito el calor
necesito caricias, tus caricias de amor

amar duele, amar duele
y vivir sin amor, no se puede
amar duele, hay!, amar duele
y vivir sin amor, no se puede

[…]

sufre el enamorado
si el amor es robado
tener una ilusión cuesta muy caro

 amar duele, amar duele
y vivir sin amor, no conviene
amar duele, hay!, amar duele
y vivir sin amor, no se puede

Hay!, amar duele

Reivindiquemos (y tomemos como ejemplo) la simplicidad de su letra. Ninguna concesión a lo superfluo. Voz y guitarra. Ni una palabra más, ni una palabra menos. Tal cual ha de ser la comunicación. “¿Qué es lo que se quiere decir? Pues dígase”. Porque cuando damos demasiadas vueltas, acompañamos a los sustantivos con muchos adjetivos, o incluimos demasiadas subordinadas o coordinadas, es que quizás no sabemos qué es lo que tenemos o queremos decir. O que, quizás de tanto repetirnos, las palabras han perdido su sentido y significado y hay que presentarlas como si fueran nuevas. O que andamos perdidos, con muchas idas y venidas, y nuestros pensamientos (y seguramente, por tanto, también nuestras acciones) están atrapadas y no saben distinguir el grano de la paja.

Pero, más allá de su simplicidad, hay dos aspectos en la canción de Chavela que la hacen extraordinaria. En fin, dos, sobre los que queremos reflexionar especialmente.

La primera es su honestidad. Chavela no está interpretando la canción. La siente. Le está saliendo del fondo de todas sus vísceras. En lenguaje directivo, diríamos que es “auténtica”.

Abramos un paréntesis.

Es cierto que Chavela Vargas era una mujer “de carácter”. Fue bautizada con el nombre de María Isabel Anita Carmen de Jesús. Si el nombre de pila marcara el carácter de una persona, el suyo le debería haber imprimido de tradición y piedad. Pero no. Pasó su vida vistiendo como un hombre o con un poncho rojo, fumando tabaco y bebiendo, cargando una pistola y cantando rancheras desde las que hablaba de su deseo por las mujeres.

Y vivió y murió de manera intensa y consciente. La periodista María Cortina, que la acompañó en el hospital del Cuernavaca donde murió, dijo que no quiso ser entubada, porque quería una muerte natural, que pidió llevar encima un medallón que le habían regalado los chamanes huicholes, y que había afirmado que sabía perfectamente cuáles eran los costos de haber vivido como lo hizo, pero que había valido la pena. Y vale la pena recordar que murió tras haber viajado a España para presentar el disco-poemario “Luna Grande”, en homenaje a Federico García Lorca, y que antes de su vuelta a Méjico declaró: “Le dije adiós a Federico, les dije adiós a mis amigos y le dije adiós a España. Y ahora vengo a morir a mi país”.

Cerramos el paréntesis.

En esta canción hay una verdad indiscutible, que emerge de forma potente desde el mismo momento en el que se está reconociendo con toda humildad que se siente dolor.

Y aquí aparece el segundo elemento que queremos destacar y llevárnoslo al ámbito de la empresa.

¿Vemos (o nos damos cuenta de) qué es lo que ocurre cuando hablamos de sentimientos? Parece que las cosas nos parecen “auténticas”.

Y parece lógico.

El mundo educativo, desde la educación infantil hasta la universitaria, pasa de puntillas por la educación emocional (en los casos en los que llega a pasar). En el ámbito social vivimos totalmente orientados a la “felicidad” y en una carrera incesante por saber cómo desatar, con todo tipo de químicos, productos y experiencias, los efectos positivos de la endorfina, la serotonina, la dopamina y la oxitocina, el cuarteto hormonal “mágico” con el cual podemos expulsar todos los sentimientos negativos que no nos permiten sentir placer y bienestar. Y la tendencia también ha llegado a las empresas. La “motivación” se ha convertido en el “driver” de las políticas de gestión de personas, llegándose en algunas organizaciones a un “punto apoteósico”, con la creación de posiciones denominadas “Dirección de Felicidad” o similares.

Pero deberíamos estar atentos a lo qué está pasando mientras tanto.

Porque en el ámbito educativo podemos ver cómo la mala (o nula) gestión emocional está afectando al rendimiento escolar y, lo que es peor, a un nefasto acompañamiento de los niños o los jóvenes en “su camino hacia la edad adulta” (“transition to adulthood”, como lo denominan en el Boston Center for Independent Living).

Porque a nivel social, no deja de sorprender el incremento de las patologías psico-sociales, y alarmante el vaticinio de los que prevén un incremento exponencial de las mismas asociada, paradójicamente, al incremento de tiempo libre que llevarán consigo las tecnologías exponenciales.

Y porque en buena parte de las empresas, los resultados de las encuestas de clima no mejoran de forma pareja a la inversión en “medidas de felicidad”, porque se confunden los factores motivantes con los desmotivantes, porque hay muchos mitos, malentendidos y sesgos elitistas a propósito de la llamada “Pirámide de Maslow”, y porque siguen en aumento los conflictos interpersonales que traen su causa raíz en no haber visto ni gestionado a tiempo un sentimiento negativo.

Es momento, entonces, de volver a Chavela. Porque, a lo mejor, la clave está en poder afirmar sin rubor que sentimos dolor, o que algo (o alguien) no nos gustó, o nos decepcionó, o nos está agobiando, o nos está preocupando, o nos está frustrando, o nos está inquietando…Y que no tengamos miedo (otro sentimiento) a hacerlo, porque no nos van a “castigar” por haberlo afirmado.

Y entonces, a lo mejor, del otro lado, la clave estará en poder reconocer que aunque no nos gusta que nos atribuyan algo así, podemos manejar también lo que ello supone sobre nuestro “ego” y su barniz de vanidad, orgullo, o narcisismo, que en muchas ocasiones, cuando buceamos, acaba también arrastrándonos a sentimientos de ansiedad, de angustia o de estrés, provocados por el “miedo a no ser…o a que no me quieran…o a no gustar…o a no tener éxito…o a no ser feliz (o aparentarlo)”.

Amar, como vivir, duele. Y, a lo mejor, la felicidad está en entenderlo…O, por lo menos, en cantarlo.

 

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