Eran las 19:30h.

Elena estaba en su despacho. Justo acabando de revisar un par de emails antes de cerrar el ordenador y marcharse. Quería haber llegado a casa temprano, porque su hijo le había pedido que le ayudara a hacer un mapa conceptual sobre la Baja Edad Media. Pero, como muy pronto, llegaría a las 20:30h., hora de empezar con la cena.

Estaba allí, sola. No se oían voces en el pasillo, de modo que posiblemente todo el mundo ya había acabado su jornada. Quizás aún quedara alguna de las “chicas” de Administración. Ellas también acostumbraban a salir tarde, especialmente los días de cierre de mes.

Estaba también enfadada consigo misma. Por estar a las 19:30h. delante de su ordenador, después de haber estado trabajando desde las 8:00h. Por no haber dicho que “no” cuando Armando, su jefe, le había dicho que tenían que verse a las 18:00h., porque antes había sido imposible, pese a que tenían reservada siempre dos reuniones bilaterales los martes a las 10h. y los viernes a las 12h. Porque se dejaba arrastrar por el desorden de su jefe, y esa manera suya de introducir temas en las reuniones que no estaban en el orden del día, o ese hábito de cancelar súbitamente las reuniones y reagendarlas a última hora de la tarde, y esa tendencia contumaz a la procrastinación, a no cerrar los temas y, con independencia de las urgencias, a dejarlos siempre pendientes de algo, amontonados, en la bandeja de salida. Lo había comentado con él, en varias ocasiones, pero sin éxito. Y allí estaba ella, como la anterior semana y la otra y la otra, como una tonta, sin decir “no” y pensando en que hoy tampoco podría ayudar a su hijo con los deberes.

De repente, volvió a aparecer en la oficina. “Ah, por cierto, antes de que te vayas, una cosa que me he olvidado…Como ahora tendremos que hacer un Plan de Igualdad, piensa también en qué medidas de igualdad podemos poner en marcha…Pero que no cuesten dinero”.

Era invierno, de modo que fuera estaba oscuro. Y dentro, la luz de los LEDs y el silencio en las oficinas daban a la escena un tono casi teatral.

Elena cerró su portátil y dijo un “de acuerdo, ya comentamos mañana”.

Y caminó hacia el parking con todo el peso de la desolación encima.

Mientras conducía camino a casa, se preguntaba un desesperado “por qué”.

No costaba dinero, que se organizara bien la agenda y que planificara adecuadamente su trabajo, para evitar generar desperdicios en la agenda de sus colaboradores que, curiosamente eran todo mujeres, según él, “porque yo trabajo mejor con mujeres”.

No costaba dinero, dejar de convocar reuniones más allá de las 17h., hora en la que finalizaba la jornada, para que la gente pudiera llegar a casa a una hora razonable y desplegar su vida personal antes de meterse en la cama para descansar y volver al trabajo.

No costaba dinero rectificar esa costumbre suya y de algunos directivos, de tener una mujer brillante al lado, pero invisible. Sí, es cierto que en las ocasiones en las que presentaban el equipo a alguna visita, acompañaban al nombre de estas mujeres, un estridente y pomposo “mi gran colaboradora”, algo que a veces, lejos de interpretarse como un reconocimiento especial, había provocado más de una situación embarazosa cargada de ambigüedad. Parecido a lo que ocurría cuando algunos otros decían orgullosos aquello de “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”.

A veces quedaba en el aire si, en realidad, lo que había detrás de “ese gran hombre” era un sesgo de vanidad y de petulancia, en el que la “gran mujer” no era más que un medio instrumental al servicio de su reputación, o un mero ejemplo que reforzaba su imagen de excelente gestor, cuya luz, colocaba a todos sus colaboradores en la zona de sombra.

Promocionarlas costaría dinero. Integrarlas en el Consejo de Dirección costaría dinero. Pero, simplemente, hacerlas aparecer como firmantes en los documentos que habían preparado, permitirles simplemente que presentaran su trabajo a la Dirección, o hacerlas aparecer como autoras en los emails en los que se circulaban los archivos que habían preparado, no costaba dinero.

Y tampoco costaba dinero escucharlas en las reuniones, no interrumpirlas, recoger sus opiniones cuando las daban y no atribuírselas a otro. Y es que Elena todavía recordaba lo que le había sucedido a Marta en una de las reuniones de proyecto con el Gerente. Todo el mundo diciendo vaguedades, poniendo encima de la mesa todos los problemas y ninguna solución, y de repente que Marta dice algo interesante, pero alguien la corta y después toma la palabra José y repite la idea de Marta, pero sin citarla, ni remitirse a ella, ni parafrasearla. Y el Gerente que dice “Fantástico, es esto. Gracias José”. Y Marta que hace un pequeño apunte adicional. Y el Gerente que le dice “Bueno, Marta, ésto coméntalo ya, si acaso, con José”. Y José que le dice “Marta, pídele a mi secretaria que te busque un hueco”.

No costaba dinero. Era sólo cuestión de conciencia, ¿no?

Pero, por un momento, pensó que todo esto era una montaña y que costaría mucho menos simplemente planificar una partida en el presupuesto, para equiparar el sueldo de algunas mujeres que estaban cobrando por debajo de sus compañeros, pese a hacer el mismo trabajo y tener las mismas competencias. Y podían, si fuera necesario, hacerlo por paquetes en dos o tres ejercicios, para reducir el impacto en la cuenta de resultados y, además, alargar el efecto “mediático”. Y, seguro que hasta la gente lo valoraría más que todo lo otro. Y esto, además, sería más fácil meterlo en un Plan de Igualdad que todo lo otro. ¿Por qué cómo se formula todo lo otro sin caer en lo ridículo?

Pero Armando no quería gastarse dinero en esto. No quería. Y es que, al final, era todo cuestión de voluntad, ¿no?

En ese momento llegaba al parking.

Y se dijo, no. Es cuestión de calidad personal, profesional y organizativa.

Y se sonrió resignada, reconociendo que ella sola se había colocado, de nuevo, en la casilla de salida.

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