Japón está, en línea recta, a unos 10.800 km.

Con esta distancia en mente, podríamos decir que los “konbini” serían nuestros “colmados”, pero a la japonesa: tiendas de más o menos 100 m2., donde puedes encontrar un surtido de unos 3.000 productos diferentes, es decir, casi todo lo que a uno le conviene tener a mano (de ahí que también se los llame “tiendas de conveniencia”), abiertas todos los días del año sin excepción las 24h., situadas en zonas residenciales, estaciones de tren y distritos financieros y de negocios, con un funcionamiento “fabril” y muy similar al de una cadena de supermercados, y que han crecido exponencialmente de la mano de Internet gracias a sus eficientes cadenas de distribución.

Hoy hay unos 50.000 establecimientos de este tipo en Japón. Facturan más de 7.000 millones de yenes al año. Y es una industria absolutamente competitiva, liderada por las grandes corporaciones como 7-Eleven, Lawson, FamilyMart o Sunkus, algunas organizadas como franquicias, otras, por ejemplo, participadas por grandes monstruos como Mitsubishi.

Las personas que acostumbran a trabajar en los “konbinis” son fundamentalmente estudiantes, como trabajo de transición hasta la inserción “normalizada” en el mercado de trabajo, y mujeres-amas de casa con contrato a tiempo parcial, como complemento al salario del marido, o como recurso económico “puente” antes de casarse, quedarse embarazadas y tener hijos menores a cargo. El nivel de rotación, por tanto, es altísimo.

En una tienda como esta, trabaja Keiko Furukura, la protagonista de esta inteligentísima novela de Sayaka Murata. Con 36 años, está soltera, sin pareja y sin hijos, y lleva trabajando en la misma tienda una eternidad (desde hace 18), de modo que es un ejemplo vivo de “disfunción” del modelo y, por tanto, de “inadaptación social”, lo que genera tremenda preocupación en su familia y subterráneas corrientes de reprobación y mofa entre sus compañeros de trabajo.

Ella lo explica así: “A estas amigas siempre les he dicho que tengo un problema de salud que hace aconsejable que trabaje sólo a tiempo parcial. En el trabajo, en cambio, he explicado que trabajo en la tienda para poder cuidar a mis padres, que a menudo están enfermos. Las dos excusas las ha pensado mi hermana. A los veinte años, era más corriente que las personas de mi entorno saltaran de un trabajo a otro, de manera que no necesitaba dar ninguna excusa. Pero con el tiempo todo el mundo se fue integrando en la sociedad, bien encontrando un trabajo estable o casándose, y ahora me encuentro que soy la única que no ha hecho ni una cosa ni la otra”.

En uno de los posts de esta misma sección, “Tonbo”, ya reflexionábamos sobre esto: el papel del “trabajo” como factor clave de integración.

A través de Keiko lo volvemos a ver, esta vez metidos en una especie de espiral de lo absurdo: los productos estrella de los “konbini” son el “obentô” (comida preparada para llevar) y las bolas de arroz “onigiri”. A los exhaustos trabajadores nipones, que no tienen ni ganas, ni fuerzas, ni tiempo para cocinar después de su extensísima jornada laboral, “les conviene” tener a mano estos productos, que alimentan una industria, que da empleo a un ejército de trabajadores de “segunda”. Los “no del todo integrados”, que velan por la “integración de lo desintegrado”.

Pero, Keiko, además, nos introduce en otra dimensión de la “integración” o, si se prefiere, de la “seguridad”: la relacionada con el confort que da lo conocido, las reglas establecidas y los marcos de definición claros y precisos.

Durante las dos semanas que faltaban hasta la apertura de la tienda, nos dividimos en dos grupos y continuamos practicando con esmero, los unos haciendo de dependientes y los otros poniéndose en el papel de clientes imaginarios. Aprendimos a hacer una reverencia mirando a los ojos y sonriendo al <cliente>, a poner los productos de higiene íntima dentro de una bolsa de papel, a poner los productos fríos y los calientes en bolsas separadas o a desinfectarnos las manos con alcohol antes de coger un producto del expositor de comida rápida /…/ Ni yo misma sabía por qué quería estar en una tienda de conveniencia y no en una empresa normal. Lo único que sabía era que en la tienda tenía un manual completo que me permitía ser una <dependienta> como es debido, y en cambio continuaba sin tener ni idea de qué tenía que hacer para ser una persona normal sin tener unas normas escritas”.

Se me ocurren dos ideas en relación con este párrafo, todas ellas, que hoy están sobre la mesa del #FutureOfWork:

La PRIMERA, relacionada con lo que se ha venido en llamar “pensamiento crítico” y que se postula como una de las principales competencias profesionales a corto y medio plazo.

La hiper-instrucción y la hiper-especialización generan atrofias si los instruidos no entienden el “por qué” de las instrucciones, y si los especialistas no tienen la capacidad de trascender a su nicho y crear categorías y patrones.

Es cuando nos preguntamos el “por qué” de las cosas, que podemos encontrarle el sentido a lo que hacemos y, seguramente, descubrir maneras mejores de hacerlo. En las primeras páginas de la novela, la protagonista recuerda cuándo, en su infancia, se encontró un pajarito muerto en el parvulario. Los niños a su alrededor lloraban. Cuando se lo llevó orgullosa a su madre y le dijo que podían asarlo para la cena, porque a su padre le gustaba el “yakitori” y a ella y a su hermana el pollo frito, y le propuso ir a buscar más, porque quizás ése era demasiado pequeño y no alcanzaría para todos, no entendió ni la reacción de sus compañeros, ni la reacción de su madre. Entre “¡Pobrecito(s)!”, “¡Qué triste(s)!” y “¡Qué mono(s)!”, todos determinaron que lo que se tenía que hacer era enterrarlo y coger (ella, con total sentido de la realidad dice “matar”) un montón de flores para acompañar las exequias, “para que así el pajarito estuviera contento por lo bonitas que eran”. En ese momento, ella dejó pensar críticamente. Y el resto, quizás siguió sin hacerlo…

La SEGUNDA, relacionada también con lo anterior, pero vinculada a las descripciones de los puestos de trabajo y al detalle en base al cual se conciben los “puestos de trabajo”.

En 1982, William Bridges escribió un artículo en el que sostenía cómo el modo de organizar el trabajo es un artefacto social que ha sobrevivido a su utilidad, pero que debe ceder urgentemente el paso a otras fórmulas, mucho más efectivas y retadoras. En las fábricas y burocracias del siglo XIX tenía sentido etiquetar el trabajo y encapsularlo en grupos de tareas que, a su vez, generaban estructuras fraccionadas de responsabilidad. Pero, en la actualidad y en un contexto de producción a medida, esta compartimentación es rígida e inoperativa. Los silos, sólo se rompen desde la lógica del “proyecto” (¿cuál es el objetivo?), que implica trabajo colectivo bajo la lógica de la transversalidad y una visión global e integrada, algo mucho más rico que el “yo hago MI trabajo”.

Al final de la novela, Keiko, la protagonista, jugando siempre desde lo que parece paradójico, nos da una lección sobre esta cuestión. Semanas después de haber dejado el “konbini” en el que había trabajado casi dos décadas, y cuando se dirigía a una entrevista de trabajo para conseguir un trabajo “normal”, entra un momento en un “konbini” para ir al lavabo: “Y en aquel momento empecé a escuchar la <voz> de la tienda. Todos los sonidos dentro de la tienda reverberaban cargados de sentido. Las vibraciones hablaban directamente a las células y sonaban como si fueran música”.

Y en ese momento, pese a ser clienta, se olvida de la entrevista y empieza a hacer de supervisora, desde su experiencia de dependienta. Todo “fuera del corsé” (o en moderno: “out of the box”).

Y, de repente, empiezan a pasar cosas entre los clientes y la compra se anima. Y, al cabo de un rato, una de las chicas que estaban en la caja, se le acerca y le dice: “Uau, es increíble. Parece magia…

Y es que la magia aparece normalmente cuando desvestimos la realidad de artificios y postureos, la liberamos de convencionalismos y restricciones, y topamos de bruces con su naturaleza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.