Aki Shimazaki es una escritora japonesa afincada en Canadá. En 2010 escribió “Tonbo”, una novela, breve pero repleta de matices, que narra dos historias a partir de dos situaciones laborales.

Una, el suicido del padre del protagonista, después de que en la escuela en la que trabajaba como profesor, tuviera un incidente grave con uno de sus alumnos, y que éste muriera al día siguiente.

La otra, la decisión del protagonista, Nobu, de montar una escuela (joku), después de que se viera obligado a dimitir en la empresa, para la cual llevaba trabajando siete años, por no aceptar una orden de traslado.

Bueno, quizás ésta sería la explicación sintetizada de unos. Para el protagonista fue algo diferente:

A principios de aquel año, nuestro jefe fue trasladado a la sucursal de Fukuoka y llegó un nuevo jefe. Me detestó rápidamente. Decía que yo era una mala compañía: no bebía, no jugaba ni a golf ni a mah-jong, volvía a casa en seguida después del trabajo. En resumen, decía perturbaba la armonía del equipo. Además no le gustaba que fuera cristiano. Poco después del nacimiento de nuestro hijo, el nuevo jefe sugirió a su superior que me trasladaran a la sucursal de Sao Paulo”.

De hecho, la versión sintetizada de Nabu era ésta: “La compañía Goshima me contrató, a pesar de la crisis del petróleo. Me consideraba un privilegiado. Estaba bien pagado. Trabajé con entusiasmo. Resultado: después de siete años, me enseñaron la puerta”.

La rescisión de su contrato no fue, simplemente, la firma de una revocación contractual.

“A decir verdad, al principio, estaba incómodo por no salir de casa por la mañana temprano. Aunque ocupado en llevar a cabo las gestiones para abrir mi juku, mantenía mis viejos reflejos de asalariado. En aquella época , no vivíamos todavía en esta pequeña casa, sino en un piso del mismo barrio. Nuestros vecinos me observaban suspicaces. Oía: <¿Está en el paro el señur Tsunoda?> <”Qué hace en casa?> <”Se dice que trabajaba en Goshima ¡Qué lástima dejar una compañía tan prestigiosa!> <”Qué metedura de pata habrá cometido?”. Yo evitaba cruzármelos.

Un día conté a Haruko la historia de un empleado despedido que había oído en alguna parte. <Hacía como si siguiera trabajando en su antigua empresa, porque su mujer estaba preocupada por lo que dirían los vecinos. Dejaba la casa por la mañana temprano con su bentô y mataba el tiempo vagabundeando por la ciudad>. Haruko se rio como si fuera un chiste: <¡Vaya par de patéticos>”-

Sin embargo, yo no tenía de que qué reír, pensando en mi padre que había perdido su trabajo dos veces. La víspera de su suicidio, había salido a pasear hasta las diez de la noche, como si siguiera trabajando por la noche. Perder el trabajo, no es solamente perder el dinero. También es perder la confianza en un o mismo y su objetivo en la vida”.

Shimazaki introduce con estos párrafos una pregunta, no sólo pertienente en el mundo cultural del “Japón de la dignidad“: ¿Cuál es el significado y valor de un puesto de trabajo?

La realidad es que, aún integrando el componente dinerario, no es simplemente una herramienta a través de la cual conseguir unos recursos económicos para satisfacer las necesidades personales. No es así, ni tan sólo y en el escenario más “mercantilista” de aquellos empleados que llegan a la empresa a “echar las horas”, llenos de apatía y utilitarismo. Porque en su caso, el “mal menor” que supone el trabajo, los confronta con lo que “sí querrían hacer”, que siempre está fuera de la empresa y que muy a menudo acabará requiriendo tener un dinero que no se consigue “con la mierda de sueldo que me pagan”. La empresa, aquí, es “doblemente culpable”, porque “nos quita tiempo” y “porque no nos da lo que merecemos (que, en realidad, se acaba confundiendo con <lo que queremos>)”. Y el trabajo, acaba siendo un mal invento, que no sirve más que para condenarnos a vivir una vida insatisfecha. Empresa y trabajo son chivos expiatorios, algo que es fundamental que se entienda en las organizaciones y que, para su mayor complicación, casa mal con aplicaciones “simplistas” de las fórmulas de gestión de personas de corte “duro” (orientadas a la exigencia, a los resultados y a la eficiencia económica basada en la aportación de valor), pero también con las más “blandas” (orientadas a la motivación, a fomentar el bienestar y la experiencia del empleado).

Podríamos añadir a la respuesta, que el trabajo es esencialmente una fuente de desarrollo personal, como lo sería para el ámbito privado la maternidad o la paternidad, que muchos consideran como un proceso de culminación existencial por excelencia. Pero, en la práctica ¿podemos afirmar que no vamos a encontrar otro ámbito de desarrollo personal y profesional más adecuado que el que encontramos en el entorno laboral? O, precisamente, en relación con esto, ¿no ocurre a menudo que las restricciones horarias en el trabajo, nos impiden desarrollarnos en otros espacios, con lo cual “no queda otra” que construir el mito del desarrollo en el trabajo y consolarse con ello? ¿O, no puede ocurrir también que acabemos confundiendo desarrollo con formación/certificación, o con promoción y carrera, como versiones sofisticadas de “salario en especie”, sólo al alcance de unos y en contraprestación por algo, obviando que lo que está en juego, precisamente es ser capaces de contribuir, desde el ámbito laboral, a construir relaciones con el mundo y vínculos con otros?

Nobu nos ayuda a dar un paso más en nuestra reflexión y nos muestra que no podemos entender el “trabajo” desde una perspectiva estrictamente individual, porque es una actividad que ha trascendido al espacio de lo “público” y acaba convirtiéndose en núcleo básico de sentido y estatus en nuestra vida, con todo lo bueno y lo malo de la condición humana que ello acaba implicando, especialmente en relación con el mundo de los estereotipos y su papel en determinados juicios de valor y asignación de roles.

El jefe de Nobu en Goshima no entendió nada de todo esto, si es que finalmente fue el que maquinó su traslado a Sao Paulo como táctica para quitárselo de encima y para poder mantener “su armonía” en el equipo.

Y es que entender el “valor” del trabajo no es un divertimento intelectual. Sin ser condición suficiente, es un prerrequisito de reflexión necesaria para entender y, por tanto, para desarrollar la actividad de organización y dirección.

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