El punto de partida tiene que ser el análisis de la actividad práctica de la vida” (Heidegger)

 El ser humano es el único “ente” que tiene una experiencia del “ser” y de la “existencia”. Es decir, que se reconoce como “ente” en relación con los otros, y se proyecta continuamente desde el pasado y el presente, haciendo planes y atribuyendo significaciones a las cosas.

El filósofo alemán Heidegger, en su obra más importante “El Ser y el Tiempo”, afirmaba que el ser humano (o como él lo llamaba, el “ser-ahí”) está permanentemente relacionándose con los entes externos, integrándolos en sus propios sentimientos o estados de ánimo, comprendiéndolos y tratando de darles un significado, una razón de ser, o un sentido, desde los que, a su vez, trazar conjuntos de referencia, desde los que seguir entendiendo y “seguir siendo”.

Es a través de esta acción de “relación” que damos un sentido o utilidad a los entes que nos rodean, convirtiéndolos en objetos manejables e integrándolos en centros de interés y utilidad: un lápiz sirve para escribir, y una nota escrita sirve, a su vez, para comunicar o alertar de algo y en ello, simplemente, reside su identidad.

En la relación con nuestros semejantes, sin embargo, deberíamos mantener este pensamiento de lo que es esencialmente “el ser”. Relacionarnos con las otras personas, es cuidarlas, preocuparse por ellas. Pero es, sobre todo, permitir, con nuestras acciones y comportamientos, que “se decidan”, es decir, que se manifiesten de forma activa y que se puedan proyectar hacia ese “horizonte significativo”.

No hacerlo conduce a convertirnos en manejables, a reducirlo todo, no a una relación personal, sino a una relación de puro cálculo y, con ello, a convertirnos en meros “artefactos”. Nos sumergimos, entonces, en el frío y planificado terreno de la técnica y, con ello, “en la colectiva irresponsabilidad de la instrumentalización”.

Es en ese momento en el que desaparece la “verdad” y el “sentido auténtico” y, consiguientemente, se produce un “vacío” y un desarraigo, en el que las personas, en lugar de ser sujeto real y activo de su propia vida, se limitan a “estar” y a “subsistir”, sin mayores vínculos ni adhesiones.

Llegados a este punto, y saltando al terreno de la “gestión de personas” (Heidegger posiblemente ya censuraría esta expresión), la pregunta que deberíamos formularnos es qué hay de “verdad” cuando hablamos de “Compromiso”, “Implicación”, “Bienestar”, “Felicidad”, “Marketing del empleador”, “Experiencia del empleado”, o sus versiones en inglés: “Engagement”, “Ownership”, “Wellness/Well-being”, “Happiness”, “Employer Branding”, “Employee Experience”.

Son fórmulas del lenguaje para decir. Pero, ¿para decir qué? ¿Qué de verdad hay en ellas?

Heidegger, decía que “en el mundo moderno, el lenguaje preserva lo que el ser es” y consideraba a los poetas los “pastores del ser”, los guardianes que preservan que las palabras no se agoten en su forma, sino que mantengan viva su esencia.

Así que, siguiendo su consejo, nos vamos a ir a dos poemas convertidos en canciones en los años 50: “My one and only love” (1952) y “Only you (and you alone)” (1955).

La primera, con las versiones clásicas absolutamente deliciosas de John Coltrane/Jonnhy Hartman o Ella Fitzgerald, o la contemporánea y visceral de Concha Buika, nos dice: “The very thought of you makes my heart sing/ Like an April breeze/ on the wings of spring/ And you appear in all your splendour/ My one and only love/ The shadows fall and spread their mystic charms/ In the hush of night while you’re in my arms/ I feel your lips, so warm and tender/ My one and only love/ The touch of your hand is like heaven/ A heaven that I’ve never known/ The blush on your cheek whenever I speak/ Tells me that you are my own/ You fill my eager heart with such desire/ Every kiss you give/ sets my soul on fire/ I give myself in sweet surrender/ My one and only love” (“Sólo con pensar en tí mi corazón canta/ Como una brisa de abril/ En las alas de la primavera/ Y tu apareces en todo tu esplendor/ Mi único y verdadero amor/ Las sombras caen/ Y extienden su místico encanto/ En el silencio de la noche/ Mientras estás en mis brazos/ Siento tus labios tan cálidos y tiernos/ Mi único y verdadero amor/ El roce de tu mano es como el cielo/ Un cielo que nunca he conocido/ El rubor en tus mejillas/ Cada vez que hablo/ Me dice que eres mía/ Llenas mi anhelante corazón con tal deseo/ Cada beso que me das/ deja mi alma en llamas/ Me doy en una dulce entrega/ Mi único y verdadero amor”).

Y la segunda, con la versión única de The Platters: “Only you can make all this world seem right/ Only you can make the darkness bright/ Only you and you alone can thrill me like you do/ And fill my heart with love for only you/ Only you can make all this change in me/ For it’s true, you are my destiny/ When you hold my hand I understand the magic that you do/ You’re my dream come true/my one and only you” (“Sólo tú puedes hacer que este mundo parezca bueno/ sólo tú puedes hacer que la oscuridad brille/ Sólo tú y tú sola/ puedes emocionarme como lo haces/ y llenar mi corazón con un amor que es para tí solamente/ Sólo tú puedes hacer este cambio en mí/ Porque es verdad, que eres mi destino/ Cuando me tomas de la mano/ entiendo la magia que haces/ Eres mi sueño hecho realidad/mi uno y único amor”).

¿Nos imaginamos a nuestros empleados cantándonos esta canción? ¿O pensando, al escucharlas, en la relación laboral que tienen con nosotros?

No vale decir que “es diferente”, o que “no es lo mismo”, o que “estos son canciones de amor, que es otro tipo de relación”.

Y no vale, porque lo que estamos buscando con estas teorías del liderazgo y de relación con nuestros empleados, basadas en la inteligencia emocional es, entre otras cosas, justamente eso, entablar vínculos emocionales, con los que obtener su adhesión y su afiliación, “que nos quieran”, que “nos declaren su amor” y que, por ello, sólo quieran quedarse con nosotros y con nadie más que nosotros.

Pero, cuidado, si pedimos el alma de los demás, debemos estar dispuestos a entregar también la nuestra.

Si no, todo se reduce a un simple postureo sin sentido y sin fundamento, que a su vez será́ superada y olvidada ante una “no- verdad” posterior, mientras seguimos sumidos en la perplejidad de que lo que “no es”.

 

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