Hans Rosling, autor del libro “Factfulness” al que le dedicaré nuestras “Remesas desde la ciencia” de la semana que viene, explicaba a menudo la sensación que experimentaba cada vez que iba al circo. Aquella mezcla de sorpresa, ansiedad, entrega incondicional, y tensión, mientras sus ojos observaban a los malabaristas, a los trapecistas o a los funambulistas ejecutando sus números, y haciendo cosas que le parecían realmente imposibles.

Quería ser artista de circo, pero estudió Medicina. Y eso le permitió aprender a hacer de “faquir” y, de vez en cuando, mostrar a sus alumnos o a los asistentes a sus conferencias el número del tragasables.

A Enrique no le gustaba el circo. ¿O sí…? No, no especialmente. Bueno, en realidad, no… Sí, claramente no. “No le decía nada”.

No le decía nada”. De hecho, esto es lo que le ocurría con todo. Más que no saber si le gustaban las cosas, es que no “sentía” que le gustaran. Obviamente no era algo consciente, porque él simplemente experimentaba una sensación “metálica” hacia todo, y el concepto de “sentir” que había interiorizado, y con el que se manejaba en sociedad, era absolutamente racional. Así había sido “desde que tenía uso de razón” (nunca una expresión podía haberse ajustado tanto a cómo vivía Enrique, siempre encuadrado en una construcción intelectual).

Enrique estudió Económicas y era Director de Finanzas en una gran empresa y los fines de semana, esencialmente y por este orden, devoraba libros uno tras uno y, con disciplina escolar, anotaba en una tabla Excel los títulos, autores, fecha de lectura, días que había tardado en leerlos, y las citas que había seleccionado de cada uno de ellos; comía sin demasiado interés y siempre acompañado de una Coca-Cola; se acercaba a la vida de la gente que trabajaba en su empresa a través de Instagram, con minuciosidad inquisitoria; y dormía resignado y con cierta incomodidad, por tener que abandonarse indefenso a la inconsciencia del sueño.

Estaba divorciado y tenía dos niños pequeños, con los que no sabía qué hacer los fines de semana que “le tocaban”. Les ayudaba con los deberes, intentaba sin mucho éxito enseñarles a jugar al ajedrez, y les acompañaba a los partidos de los sábados, con un fastidio múltiple, por tener que hacer de taxista, por perder toda la mañana “yendo arriba y abajo”, y por verse obligado a cruzar un diálogo, por mínimo que fuera, con los demás padres, a los que consideraba unos “hooligans”.  Y, cuando, los niños ya daban muestra de hastío, los dejaba en compañía de sus “tablets” en sus respectivas habitaciones. A veces los había llevado al circo. Y en esas ocasiones, lo que le despertaba verdadero interés, era el número de las contorsionistas.

Era un interés, como le ocurría con todo, puramente “de investigación”, que no le evocaba ningún sentimiento y al que se aproximaba como un técnico de laboratorio que disecciona un ratón. En casa, repasaba todas la webs y vídeos de YouTube en las que podía ver a los grandes contorsionistas del mundo: Magdalena Stoilova, Leslie Tipton, Bonnie Morgan, Daniel Browning, Ane Miren, Kristina Kireeva, Zlata, Nadine Binette, Isabelle Chassé, Jinny Jacinto, Laurence Racine, Olga Pikhienko, Jasmine George, Elena Lev y Rey Patiño.

Estaba profundamente intrigado  por cómo doblaban las articulaciones en sentido inverso y cómo podían  prolongar el margen dinámico de su movimiento natural hasta casi salirse del cuerpo. Con aquélla facilidad. Dentro de lo prácticamente imposible.

El “box-act” era su número favorito. Ser capaz de introducir a una persona en una caja transparente de menos de 1m de largo y poco más de 50 cm. de alto y ancho. Turbador.

Y las conclusiones de sus investigaciones, como ocurría también con la aplicación literal que hacía de sus citas, las llevaba a su actividad laboral. Enrique era lo que podríamos llamar un artista del “contorsionismo directivo”.

Extendía su poder de dirección mucho más allá del terreno natural de sus competencias, con una muestra de elasticidad competencial que creaba y deshacía morfologías, provocando la imposibilidad material de que nadie pudiera tener sentido de “organización”. Dilataba con agilidad algunas de sus decisiones en el tiempo, sumergiéndolas en un estado de ingravidez, en la que todo pasaba a ser relativo y quedaba atrapado en un estado de permanente potencialidad, que nunca  llegaba a transformarse en energía cinética.

Pero lo que resultaba más increíble era su capacidad de darle la vuelta a las cosas, de doblar la realidad hasta el punto de que nada pareciera lo que era, o que todo acabara siendo diferente a como era en un principio.

Algunos de sus colaboradores sabían que, hicieran lo que hicieran, si algo salía mal, siempre la culpa sería de ellos. Retorcía los flujos y los procesos de tal manera que siempre acababa apareciendo una vía secundaria por la que hacer transitar una recriminación que lo sacara del foco de cualquier responsabilidad. Consciente de sus limitaciones,  se ensortijaba alrededor de aquéllos de sus colaboradores que tenían el conocimiento y podían sacarle del aprieto cuando tenía que tomar una decisión o exponerse ante otros, pero lo hacía esquivando cualquier muestra de flaqueza y eludiendo cualquier tipo de agradecimiento o reconocimiento público. En definitiva, era incapaz de definirse, de modo que se mostraba ante unos haciendo un “Backbend”, ante la misma situación, a otros les hacía un  “Cheststand” y si preguntabas a otros, te decían que, en realidad, estaba haciendo un “Triple Fold”, o un “Split”, o un “Marinello bend”. Y sin dirección, ni definición, todo podía ser todo y, al final, todo era nada.

Pero un día quiso llevarse más allá y probó el “box act”, posiblemente sin ser consciente de ello. Había intentado unilateralmente, y sin medir adecuadamente la situación, convencer a los directivos de otro Departamento para que no se tomara una decisión en el que estaba implicado, además, un tercer Departamento.  Su fracaso en esa operación de persuasión, le había llevado a acabar prometiendo que las cosas acabarían ejecutándose, en el plazo de una semana, como ellos habían determinado. Al comentarlo con una de sus colaboradores, ella le alertó del gran error que supondría aplicar tal decisión y de las graves consecuencias que podrían derivarse, aportándole una serie de argumentos adicionales, en los que él no había ni pensado, y que le provocaron un desasosiego que ocultó, disfrazándolo de suficiencia. Finalmente, cuando entró en juego el tercer Departamento, el tema se enroscó un poco más, cuando su responsable anunció que no iba a ejecutar nada mientras no tuviera el visto bueno del Consejo Ejecutivo que, a todo esto, no había sido informado de absolutamente nada.

Enrique encerrado en una caja de metacrilato en la que, los mejores contorsionistas, no pueden permanecer más de 2 minutos y medio, sin riesgo grave para su vida.

Y de nuevo, ocurrió. Cuando sentía el dolor extremo que anuncia la fractura, su fiel colaboradora abrió la caja y lo rescató con una idea.

Y Enrique salió y le pidió que fuera a buscar una Coca-Cola.

Y ella se la trajo, pero se la dio junto con su carta de dimisión. Y él respondió con un “no me puedes hacer esto” y sintió una opresión punzante al nivel de la boca del estómago. Y tras una conversación en la que él no fue capaz de escuchar nada, le pidió que lo dejara solo. Y buscó en su archivo alguna cita de Adolph F. Knigge con la que poder reponerse.

 

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