Lo que hace tan difícil decidir es no saber lo que queremos y lo mucho que lo queremos”. Así empieza Rabí Nilton Bonder “El secreto judaico de la resolución de conflictos”.

No se puede comprar en Amazon. Aunque quizás explorando por otras redes, se podría conseguir. Sería un afortunadísimo hallazgo, porque a través de sus 139 páginas, el autor despliega toda una serie de cuentos, chistes e historias conformados desde la “yiddishe kop” judía, que ilustran una especie de “teoría del conocimiento” (Nilton Bonder seguramente hablaría de una “teoría de la ignorancia”), que se basa en la premisa de que el secreto del conocimiento está en saber cuestionar el concepto de “imposible”, para lo cual hemos de ser conscientes de que el mundo se puede estructurar cuatro estadios:

EL MUNDO DEL DISCERNIMIENTO (hemisferio izquierdo):

1. EL MUNDO DE LA INFORMACIÓN (comprensión y elucidación): EL REINO APARENTE DE LO QUE ES APARENTE.

2. EL MUNDO DE LA COMPRENSIÓN (escucha, aprendizaje y enseñanza): EL REINO OCULTO DE LO QUE ES APARENTE.

EL MUNDO DEL COMPROMISO (hemisferio derecho):

3. EL MUNDO DE LA SABIDURÍA (salvaguarda y actuación): EL REINO APARENTE DE LOS QUE ESTÁ OCULTO.

4. EL MUNDO DE LA REVERENCIA (realización y cumplimiento): EL REINO OCULTO DE LO QUE ESTÁ OCULTO.

La “yiddishe kop” es la capacidad de darle la vuelta a las cosas y de conseguir nuestro objetivo, cuando, en una determinada situación, nos sentimos contra las cuerdas y el proceso de pensamiento tradicional nos ha llevado a perder la esperanza.

Consiste esencialmente en:

  • Trascender” a lo aparente y no dejarse influir o arrastrar por lo primero que nos viene a la cabeza.
  • Defender activamente la decisión de “no abandonar”, es decir, de querer “mantenerse en el juego”.
  • Pero no de forma “terca” u obstinada, o cegados por la idea de “poder” o la soberbia de la fuerza, sino movidos por el estímulo de la creatividad y la intuición y enmarcados en la idea de “reformulación”, como concepto que posibilitará soluciones impensadas hasta ese momento.

Estas serían las condiciones “actitudinales” necesarias en esta “metodología” de relación con el mundo y con las personas.

Junto a ello, sin embargo, es necesaria una “tecnología” que nos permita tomar conciencia de la existencia de los cuatro mundos mencionados más arriba y, en segundo lugar, de las herramientas a utilizar para “sobrevivir” en cada uno de ellos.

En el “mundo aparente de lo que es aparente, las cosas son obvias y concretas. Es, normalmente, el terreno de la lógica, la ciencia, de la razón y de lo literal y, por tanto, normalmente, es el mundo de la “reducción” o de la simplificación. Es por ejemplo, el mundo de buena parte de los indicadores estadísticos cuantitativos: un mundo “aparentemente” objetivo y bien definido en sus contornos y límites. Los que son capaces de entender esa información, piensan que esa es toda la que hay que ver y entender, y los que no la entienden, no tienen conocimiento alguno que les permita entender su significado y trascendencia.

El problema, en este mundo, es que si nos aferramos a una lectura literal de la realidad, no podremos obtener una visión que vaya más allá de la proposición original, con lo que no dispondremos del conocimiento adecuado para tomar una determinada decisión o resolver un conflicto. Nilton Bonder lo ejemplifica con un problema matemático de los que habitualmente se presentan a nuestros hijos en el colegio: “Un chico salió a comprar seis manzanas. Cuando regresó a casa, tenía solo dos. ¿Cuántas perdió en el camino?”. En el mundo aparente de lo que es aparente, posiblemente diríamos que cuatro. Pero la respuesta también podría ser “ninguna”, “tres”, “seis” o “dos”, si introdujéramos factores “no aparentes” como que le robaran, se comiera alguna por el camino, o el precio de venta hubiera sido superior o inferior al esperado cuando cogió el dinero en su casa antes de salir para la tienda.

La clave, por tanto, está en ser capaces de “ver” todo lo que no se contiene en el indicador, o en la proposición, o en el texto. En ser capaces de definir o dar forma a lo “aparente”, por exclusión, es decir, preguntándonos inmediatamente lo que esa información “no nos dice”. O dicho de otra manera, en que tengamos presentes que  son las sombras las que nos ayudan a definir los contornos de las cosas, y que es desde el contexto en el que se sitúan las cosas, que podemos describirlas mejor.

Porque, además, el terreno de la literalidad es el terreno abonado para nuestras predisposiciones y prejuicios. Mi abuela lo decía de forma intuitiva: “En este mundo de Dios nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Nilton Bonder lo expresa también muy gráficamente: “el que está atado a ciertos esquemas de pensamiento, nunca verá la realidad”. Será mejor, entonces, no buscar respuestas.

El mundo oculto de lo que es aparente, estaría íntimamente conectado al anterior y podría llegar a ser una de sus evoluciones: tras la obviedad de lo aparente, descubrimos algo oculto que desvela nueva información. Pero aquí el autor se refiere a lo “oculto”, fundamentalmente, como aquello que nos permite establecer similitudes y diferencias con otras cosas y, a través de ello, descubrir nuevos significantes, que darán sentido a un significado y, juntos, a un concepto. Entre muchos ejemplos, se refiere a un cuento jasídico en el que un Rabino preguntaba a sus discípulos: “¿Qué podemos aprender de un telégrafo?” Y estos respondían: “Que toda palabra cuenta y que se nos puede hacer pagar por cada una de ellas”.

Comprender las cosas, es ser capaz de establecer comparaciones para explorar “el algo más” que puede haber tras las cosas y, así, ser capaz de entenderlas desde otro ángulo. O utilizando sus palabras, “cualquier cosa parecida a algo es inacabada y revela continuamente matices de posibles respuestas” y, por tanto, espacios continuos para poder conectar con la visión de los demás.

Lo “oculto” se desvela tras un ejercicio de “restructuración”, con el que le damos la vuelta a las cosas utilizando la imaginación y/o el ingenio (ironía, intervenciones paradójicas, etc.) y que requiere deshacerse de la “estética de la lógica”, no quedar atrapado por un solo contexto, y aproximarse a la realidad de manera “subversiva” (entendiendo por ello, fuera de los cánones establecidos, de los compromisos, o de lo que se nos ha dicho –o nos hemos dicho- que “debe ser”).

El mundo aparente de lo que es oculto es el territorio de lo que no se sabe y, por tanto, el territorio en el que es mejor que uno se mueva más desde lo que no sabe, desde su intuición y desde la convicción de que, a menudo, las cosas no obedecen a lógica alguna o no tienen más explicación que “lo que son” (su propia existencia). Nilton Bonder lo ejemplifica con la historia de un arquero supuestamente infalible en puntería y que, al ser preguntado por el secreto de su habilidad, respondió simple y humildemente, mostrando cómo primero disparaba y cómo después, pintaba la diana allí donde caía la flecha.  Podríamos decir que es, de los cuatro territorios definidos, el más “absurdo” o confuso, porque no está regido por relaciones típicas de causa-efecto sino, justamente, por relaciones en las que éstas se revierten, y el efecto puede producir la causa.

El autor utiliza también para describir este mundo las “figuras Gestalt”, que son imágenes reversibles, con las que se puede afirmar que hay diferentes maneras de tener razón, porque todo se encuentra “oculto” en el terreno de la percepción (subjetividad) que, en multitud de ocasiones, es el terreno en el que nacen y crecen los conflictos.

En este territorio es mejor, dice, dejarse ir antes que controlar y razonar, es decir, antes que intentar subyugar y dominar una información para comprenderla porque, afirma, en ocasiones nuestra estupidez e ingenuidad son instrumentos que nos permiten romper barreras con lo imposible.

Finalmente, el mundo oculto de lo que está oculto es un territorio en el que todo está más allá del conocimiento y puede ser revelado a través de la acción (discernimiento y compromiso) y la experiencia (en el sentido de experimentación), no de la razón. Es un territorio en el que no se invita o se promueve, sin más, el error, pero sí se invita a no evitarlo y, cuando sucede, a no penalizarlo. Parte de la premisa de que si no se cometen suficientes errores, no se puede utilizar el conocimiento y el discernimiento que conllevan, con lo que nos mantenemos en un terreno “aparente” de conocimiento. Y es también un territorio de “alfabetización” vital, que promueve haber vivido diferentes situaciones, para poder estar en movimiento en todas ellas y, por tanto, poder siempre experimentar la vida y estar abierto a ella, de manera imparcial (en el sentido de empática), en cualquier momento y circunstancia.

En definitiva, “es preciso reconocer que este mundo no es evidente en sí”. De modo que seguramente la mejor manera de aproximarse a él sea con una pregunta, más que con una respuesta.

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