Esta es una historia sobre “la insostenible levedad del ser”,

Sobre aquellos que saben que “todo está perdonado por avanzado y donde todo está cínicamente permitido”,

Sobre caminantes tenaces en busca, sólo, de un trabajo y de un pequeño remanso,

Sobre sucesos inesperados que les hacen cambiar de ruta

Y sobre el eterno retorno.

 

Dicen que la naturaleza fue demasiado generosa con Comodoro Rivadavia. Demasiado gas y petróleo bajo el suelo, para tan pocas manos y tan codiciosas…

Alberto lo sabía y lo observaba con rotundo sentido crítico. Quizás por ello dejó su trabajo como ingeniero en la PAE y se embarcó hacia Brasil. Saltar del color negro de los pozos, a través del azul infinito del golfo San Jorge, al verde de unas tierras por conquistar. Allí emigraron con su mujer, Amanda, recién embarazada. Dejaban atrás mucho más que trabajo duro y la sombra de sus desaparecidos. Dejaban, sin más, “uno de los mejores lugares del mundo”.

En Brasil no todo fue tan verde y cálido. Más de cien días y once trámites burocráticos previos para que pudieran inscribir en el registro la empresa en la que habían invertido todo su capital y, después, más y más trámites, y aquélla confusa exigencia brasilera de “confianza”, que tiende a contaminar los inicios de cualquier negocio y más, cuando no hay ningún abogado o socio local despachante.

Así que, tras menudear con trabajos temporales, decidieron dejar aquel verde que no les trajo ni esperanza, ni éxito y saltar, primero, al húmedo y plomizo gris del invierno de Lleida, hasta llegar finalmente a otro azul, el de Barcelona, donde él encontró un trabajo de agente de “handling” en una compañía aérea, y ella un puesto de psicóloga interina en la Administración, adscrito a un programa de inserción laboral de jóvenes en riesgo de exclusión financiado por el Fondo Social Europeo.

Fueron años fecundos, en los que nació su segundo hijo, aprendieron a hablar catalán con acento porteño, se establecieron en una casita de alquiler en la falda de la montaña de Vallvidrera, con un huerto en el patio de atrás, y repartieron abrazos y besos, entre sorbos de mate, como sólo saben hacerlo los argentinos humildes del Boca.

Alberto ocupaba, al menos, ocho horas en aquél “no-lugar” de trashumancia que era el aeropuerto. Uno de los pocos lugares en los que conviven en condiciones de igualdad y como una sola realidad “ocio” y “negocio”. Vestía un chaleco reflectante y pasaba el día respondiendo a preguntas de los pasajeros, y acompañando a los viajantes con discapacidad a su puerta de embarque.

Más de uno podría haber pensado en lo monótono y poco edificante de su trabajo. Más aún, podrían haberlo juzgado de “inadecuado”, considerando que era ingeniero de minas (aunque no lo era “en realidad”, porque no tenía su título homologado en España).

Pero él disfrutaba esas horas. Con sus ojos sosegados y azules sondeaba aquella explotación humana que, de una manera u otra, también tenía como objetivo extraer la mayor cantidad posible de recursos de la tierra.

Y llegó la crisis.

Alberto se enteró del expediente de regulación de empleo que le afectaba por la televisión. Cuando escuchó las declaraciones a los medios de los responsables políticos que intentaban externalizar culpas y justificar la situación, recordó las palabras de su admiradísimo Joyce: “Muy a menudo, cuando los hombres se excitan, parecen perder el don del idioma, balbucean con incoherencia, reiteran las palabras, y sus frases, antes son sonido que significado“.

“Aquí es donde realmente hay que encontrar el significado: en su falaz intención de asegurarse que las palabras sean sólo sonido…”, se dijo para sí mismo, pero en voz alta.

Tras el despido de Alberto, trampearon con el sueldo de Amanda unos pocos meses más, sabiendo que su trabajo tampoco iba a tener continuidad, como consecuencia de los “recortes”.

Ahí estaba la realidad, con una evidencia descarada: “atada con alambre”.

Así que regresaron a Argentina, “donde el fin del mundo siempre parece estar a la vuelta de la esquina, pero rara vez suele llegar”. Allí “inmigraron” con su mujer y sus dos hijos. Alberto y Amanda, cargaron el peso de las maletas, llenas de cosas y de contradicciones. Y sobre todo Tomás, el mayor, dejó atrás la sensación de dulce repetición infinita que le había acompañado en su infancia y pre-adolescencia.

Y de repente, a los pocos meses de su llegada Tomás enfermó de una extraña leucemia. Y a los pocos meses murió, como mueren los niños que se han hecho hombres apresuradamente.

Y el dolor lo desbordó todo.

Tras un período de baja, Amanda, seguía buscando, infructuosamente, tan sólo una palabra que le ayudara a explicar lo ocurrido, a poder verbalizarlo para, desde ahí, ser capaz de redefinirse. Y, mientras, trabajaba en la Universidad, en un programa integral para la igualdad de las mujeres.

Y Alberto volvió a la mina, buscando un espacio en el que colocar tanto desconsuelo. Y, mientras, lo fue sedimentando escribiendo poemas. Materia orgánica en descomposición.

 

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