Diego y Fridha llegaron a Detroit en 1932. Allí, ella tuvo un aborto. Pero él engendró y parió, en precisamente nueve meses, su obra maestra: los “Detroit Industry Murals” del DIA (Detroit Institute of Arts).

Todo en esta obra es extraordinario.

Para empezar, resulta extraordinario que Edsel Ford, que era el hijo único del fundador la Ford Motor Company y había sido educado concienzudamente desde pequeño para hacerse cargo del negocio familiar que acabaría siendo una de las empresas líderes mundiales de la industria de la automoción, fuera también Presidente de la Comisión de Artes de Detroit y, por tanto, uno de los más significativos mecenas de arte de EEUU.

Igualmente, resulta insólito que siguiera la recomendación del Director del Instituto de Artes de esa ciudad, William Valentiner, y se decidiera a contratar a Diego Rivera para que decorara una de las salas del Instituto de Artes de Detroit con un gran mural que mostrara todo el proceso de la fabricación de un automóvil, obviando una cuestión tan sensible y controvertida como que fuera conocido militante del Partido Comunista de México desde 1922.

Lo es también que Rivera y Ford se mantuvieran firmemente determinados, pero inteligentemente comedidos, durante el proceso de creación de toda la obra y, también, a su finalización y presentación pública.

Y que Rivera no se limitara a describir un proceso productivo, sino que utilizara esta excusa para representar su visión de la génesis de la sociedad, de sus estructuras sociales y sus relaciones. No se mostró como un “artista del mundo flotante”, movido por un interés esencialmente estético y asociado al placer, sino que encarnó el papel de artista como actor político, esencialmente reivindicativo y transformador, a través de un método de trabajo que desborda inteligencia emocional desde todos los ángulos. Si uno es capaz de verlo y pensarlo con atención, recibe una lección magistral sobre las claves de la gestión de personas.

¿No lo es que, durante siete meses, y antes de empezar a pintar, Rivera se embarrara, presenciara la vida en la planta y fuera tomando notas de la actividad industrial, entrevistando a los operarios, capataces y personal administrativo?.

¿No lo es que una de sus principales preocupaciones fuera la de evitar que el trabajador pudiera descubrir que la representación de una máquina era incorrecta, o que alguna pieza se había pintado fuera de lugar, para así evitar cualquier sensación de menosprecio o desinterés y, en definitiva, para no restarle realismo al cuadro, ni credibilidad al acto mismo de creación que estaba llevando a cabo?.

¿O no lo es que tras haber conocido en su estancia en la fábrica a Charles Sorensen, que entonces era el jefe de producción de la planta y el jefe de las operaciones internacionales de la Ford, lo incluyera en el mural, aunque lo hiciera con un rostro duro y adusto, simbolizando la típica relación tensa de la patronal y los trabajadores del proceso productivo capitalista?.

¿O que finalmente, tomara los retratos de Thomas Alva Edison y Henry Ford, el patriarca del imperio, y también los incluyera en una imagen, representando al Capital, por mucho que el trabajo lo encarnase un obrero con guantes, en uno de los cuales aparece una estrella roja?

El contrapunto. No es extraordinario que la cúpula católica y episcopalista condenaran los murales por supuesta “blasfemia” e hiciera llamamientos a su destrucción, por su descripción de la escena Navidad Médica, en la que un bebé adornado con un halo (“Jesús”) es vacunado por una enfermera (“Virgen María”) y un médico (“José”) en medio de ovejas (“Cordero de Dios”) y bueyes y un caballo (burro), mientras tres científicos de distintas razas (“los tres reyes magos”) disecan un perro (en nombre de la ciencia).

Tampoco, que los ricos industriales se sintieran ofendidos por una obra donde se exaltaba a la clase obrera como el centro de la producción de la riqueza industrial y criticaran abiertamente que se hubiera contratado a un comunista para pintar un mural con tanto contenido ideológico en uno de los lugares simbólicos del capitalismo norteamericano de esa época.

Ante las críticas, Ford sólo emitió una simple declaración: “Yo admiro el espíritu de Rivera. Realmente creo que estaba tratando de expresar su idea del espíritu de Detroit“.

Y Rivera, remató: “El único arte puro y verdadero, el arte que clarifica y que formula las realidades de la vida, siempre está bajo el riesgo de ser desaprobado por los poderes eclesiásticos, quienes sostienen el derecho del dominio estético, así como del ‘espiritual’. El arte en sus manos es un instrumento de opresión, así como en otras manos puede convertirse en objeto de emancipación”.

Pocos meses más tarde, la historia del mural “Man at the Crossroads”, nos enseñaría la otra cara de la lección de Detroit. Otro “Júnior” histórico, John D. Rockefeller, contrataría también a Rivera para que pintara un mural en el Manhattan’s Rockefeller Center. Pero en esa ocasión, la presión de los grupos políticos de izquierdas de Nueva York, la fuerza gravitatoria de las fuerzas de derecha de la Quinta Avenida y la intervención de la prensa, metiéndolo todo en la coctelera con un incendiario artículo en el World Telegram, llevaron a Rivera a incluir “fuera de guión” al mismo Lenin en el mural justo antes de finalizarlo y que, arrastrado por ello, Rockefeller lo destruyera, una vez estaba acabado.

Otro ejemplo más de fracaso de la inteligencia emocional para la historia.

Volviendo a los murales de Detroit.

Rivera utilizó pinturas elaboradas por él mismo y procuró “salirse” de su mural, interactuar con el entorno y permitir que éste también le diera forma. Dicen algunos que, en ciertas horas del día, cuando el sol ilumina algunas secciones, parece como si el fuego y el humo que sale de los hornos sean reales. Así son las cosas cuando las conectamos…

La salvaje declaración de bancarrota del Ayuntamiento de Detroit en el 2013, puso los murales entre las cuerdas. Pero, de nuevo, resulta extraordinario que no se cediera a la presión de algunos sectores de la sociedad que reclamaban su venta para pagar las pensiones, los hospitales, los colegios y otros servicios públicos. ¿Realmente así es como debe zanjarse una crisis económica provocada por la mala gestión y la corrupción?.

Ahora, algunos afirman que los murales de Rivera, que en su día presagiaron la caída de Detroit (y de los EE.UU.), en esta ocasión sirven también para explicar su renacimiento, al evocar la tierra y las razas viviendo y trabajando en armonía y cooperación.

¿Quién sabe? Es posible y, si así fuera, de nuevo sería extraordinario.

 

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